miércoles, 21 de octubre de 2015

Las abejas se enfrentan con una amenaza global



Si ellas mueren, nosotros también

EcoWatch

“Existe una obra maestra –la celda hexagonal– que llega a la perfección. 
Ninguna criatura viviente, ni siquiera el hombre, ha conseguido en su esfera de acción lo que ha conseguido la abeja en la suya. Si nos visitara un ser de otro mundo y nos preguntara por la creación más perfecta de la lógica de la vida deberíamos mostrarle la humilde celda de un panal de miel.” 
Maurice Maeterlink, La vida de las abejas, 1924

¿Cuál es el animal más importante para el ser humano? En tiempos prehistóricos, el perro ayudó a que el hombre –cazador y recolector– se transformara en el máximo predador. Más tarde, la civilización humana se construyó a lomos del caballo. Pero hace alrededor de 11.500 años, cuando el hombre empezó a construir asentamientos permanentes y creó la agricultura, las abejas surgieron como el animal decisivo para la supervivencia humana.

Hoy, mediante la polinización de los cultivos de todo el mundo, las abejas aseguran la alimentación de 7.000 millones de personas. La mayor parte de lo que comemos (y de todo el algodón que utilizamos) está en parte producida por el duro trabajo de las abejas. En su libro de 2011 The Beekeeper Lament (el lamento del apicultor), la periodista Hannah Nordhaus describió así a las abejas: “constituyen el aglutinante que mantiene la integridad de la agricultura”. 
Por supuesto, la importancia de las abejas no se limita a los seres humanos. Mediante la promoción de la reproducción de los angioespermas de las plantas en flor, las abejas son también cruciales en la supervivencia de otras especies animales que se alimentan de esas plantas y sus frutos para sobrevivir. De hecho, la ecología de todo el planeta Tierra ha sido conformada por las abejas. Desde su evolución a partir de la avispa hace unos 100 millones de años, las abejas han estado condicionando la evolución de la vida vegetal. 
Lamentablemente, en los últimos tiempos, no hemos tratado bien a nuestras amigas las abejas. Se estima que la utilización de pesticidas –sobre todo los neonicotidenoides, que se emplean regularmente con el maíz, la soja, la colza y otros cereales, como también muchas frutas y vegeteles– ha matado a unos 250 millones de abejas en pocos años. Aplicados a las plantas, los neonicotidenoides viajan por su sistema vascular y aparecen las raíces, el polen y el néctar que es llevado por las abejas a su colmena, pero también a otros seres vulnerables que estaban en la mira, desde las lombrices de tierra a los pájaros e incluso los murciélagos. 
En una entrevista de 2912, el doctor Reese Halter, biólogo conservacionista, experto en abejas y presentador de la serie televisiva Dr. Reese’s Planet, de PBS Nature, dijo: “Es muy claro que las abejas están tratando de decirnos algo. La forma en que estamos operando... no funciona. Hemos perdido un cuarto de billón de abejas, muertas prematuramente, en los últimos cuatro años”. Esta drástica disminución de la población de abejas ha sido atribuida al Trastorno del Colapso de la Colmenas (CCD, por sus siglas en inglés), una combinación de efectos letales, entre los que se incluyen patógenos, parásitos y pesticidas que han diezmado las colmenas desde al menos 2006.
El mes pasado, la Asociación de Información sobre las Abejas, una entidad académica sin fines de lucro sostenida por el departamento de Agricultura de EEUU y el Instituto Nacional de Alimentos y Agricultura, publicó los resultados de una encuesta realizada a más de 6.000 apicultores de Estados Unidos. Descubrieron que entre abril de 2014 y abril de 2015 los apicultores del norte habían perdido casi la mitad (48 por ciento) de sus colonias. En el mismo periodo, los apicultores del sur de EEUU perdieron el 37 por ciento de sus colmenas. 
Matando a las abejas nos matamos a nosotros mismos 
Un conjunto cada vez mayor de evidencias apunta a uno de los culpables de la muerte de las abejas: un tipo de pesticidas de base nicotínica conocidos como neonicotidenoides. En enero un grupo de 30 científicos de distintas disciplinas, la Fuerza de Tareas sobre Pesticidas Sistémicos, revisaron –en calidad de pares– 1.121 documentos publicados en los últimos cinco años, entre ellos algunos patrocinados por la industria. En su informe, llamado Evaluación integral del impacto de los pesticidas sistémicos en la bíodiversidad y los ecosistemas (WIA, por sus siglas en inglés), los científicos arribaron a la conclusión de que “aunque no era esa la intención, el actual uso profiláctico a gran escala de insecticidas sistémicos está ocasionando importantes consecuencias negativas desde el punto de vista ecológico”. 
Especialmente encontraron que “los neonicotidenoides, al nivel real de contaminación... por lo general tiene indeseados efectos negativos en la fisiología y la supervivencia de una amplia variedad de invertebrados en todos los hábitats: terrestre, acuático, marino y fondos de los mares, ríos y lagos. Dicho más simplemente: además de a las abejas, los neonicotidenoides matan a una enorme diversidad de especies necesarias para la salud y el funcionamiento de los ecosistemas, como las mariposas (que también son polinizadoras), las lombrices y los caracoles (ambos ayudan a mantener la salud del suelo). 
Aún más; los científicos fueron claros: “Se ha comprobado que el imidacopride (un neonicotidenoides (el insecticida más utilizado en el mundo) y el fipronil (un insecticida de la familia de los fenipirazoles) son tóxicos para muchas aves y la mayoría de los peces, respectivamente”. También concluyeron que el imidacopride, el fipronil y el clothianidin (un neonicotidenoide) tienen efectos subletales, que van desde las consecuencias genotóxicas a las citotóxicas, problemas inmunitarios, reducción del crecimiento y el éxito reproductivo, frecuentemente a dosis bien por debajo de la asociada con la mortalidad. El empleo de imidacopride y clothianidin en el tratamiento de las semillas de algunos cultivos pone en riesgo a los pájaros pequeños; la ingesta de unas pocas semillas tratadas puede causar la muerte o problemas reproductivos en las especies aviarias más sensibles”. 
Está claro que no hemos aprendido las lecciones de los primeros conservacionistas. En 1962, Rachel Carson escribió en su libro fundamental Silent Spring, ¿Puede alguien creer que es posible depositar semejante aluvión de venenos en la superficie de la Tierra sin convertirla en inhabitable para cualquier ser viviente? No deberían llamarse ‘insecticidas’ sino ‘biocidas’”.



El trazado de los frentes de lucha 
Seis meses antes de que se publicara el informe WIA, el Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales (NRDC, por sus siglas en inglés), un grupo sin fines de lucro de defensa medioambiental con base en Nueva York, hizo una petición legal a la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) en la que le solicitaba que revocara su aprobación de los neonicotidenoides. La petición decía: “Dada la gran cantidad de evidencia científica de que los neonicotidenoides son tóxicos para las abejas y amenazan tanto la supervivencia individual como la de las colmenas, la agencia debería iniciar el procedimiento de prohibición de todos los pesticidas a base de neonicotidenoides, empezando por aquellos que cuentan con alternativas más seguras. Mientras tanto, sin embargo, la EPA debería dar inmediatamente los pasos necesarios para proteger a las abejas y evitar la continuación de las consecuencias adversas en el medioambiente. La EPA debería –como mínimo– iniciar inmediatamente una revisión administrativa provisional para evaluar la seria amenaza que los neonicotidenoides representan para las abejas”. 
“Al contrario de los pesticidas tradicionales, que normalmente se aplican en la superficie foliar de la planta, los neonicotidenoides son pesticidas sistémicos que son absorbidos por los tejidos del vegetal convirtiendo la planta en una “pequeña fábrica de veneno que libera toxinas en toda ella, desde el polen hasta las raíces”, escribe la toxicóloga Jennifer Sass, experta en la política química de EEUU, que trabaja como científica principal en el programa sanitario del NRDC. “Por tratarse de un pesticida de amplio espectro, el neonicotidenoide no discrimina entre los insectos que se quiere eliminar y el resto de ellos, entre otros los benéficos polinizadores. 
“Todavía estamos esperando una respuesta de la EPA”, dijo la doctora Sass a AlterNet. “Hasta ahora, ni ha respondido a nuestra solicitud ni ha realizado ninguna acción definitiva.” 
El año pasado, los apicultores canadienses iniciaron un juicio contra los gigantes de los pesticidas Bayer y Syngenta reclamando 400 millones de dólares de indemnización por los daños causados [a las colmenas]. Los demandantes sostienen que esas empresas “han sido negligentes tanto en el diseño como en el desarrollo de los pesticidas a base de neonicotidenoides”. Un estudio realizado en 2013 por el departamento de Sanidad del gobierno canadiense detectó el pesticida en el 70 por ciento de las abejas muertas. 
Seguir la pista del dinero de la derecha 
La industria agroquímica ha derramado millones de dólares para la aprobación de leyes y la manipulación de la percepción pública. En 2013, Bayer, principal fabricante del imidaclopride, gastó cerca de cinco millones de dólares para presionar al gobierno de Estados Unidos en relación con varias leyes y regulaciones que impactan en las industrias alimentaria, farmacéutica y biotecnológica –la salud de las abejas y las regulaciones EPA relacionadas con la protección de los polinizadores–. En el mismo año la corporación alemana BASF, el mayor fabricante de productos químicos del mundo, que es propietaria de la patente para producir y comercializar el fipronil, gastó 2,26 millones de dólares para presionar al gobierno de Estados Unidos, incluyendo acciones para modernizar la ley de Control de Sustancias Tóxicas, una ley que se ocupa de las normas EPA para los productos químicos, para que sea más benévola con la industria química. Bayer también se ha esforzado por conseguir una moratoria que beneficie a los neonicotidenoides en la Unión Europea. “El Grupo Bayer ha sido puesto en evidencia por actuar como un ‘matón’ corporativo, que trata de silenciar a quienes hacen campañas en defensa de las abejas”, dice Amigos de la Tierra, una organización ambientalista sin fines de lucro. 
Además de presionar a los legisladores y de intimidar a los activistas, los intereses corporativos financian una maquinaria propagandística que se ocupa de desprestigiar a los científicos que asocian los neonicotidenoides con la muerte de las abejas; la misma maquinaria que apoya la agenda en favor de los organismos genéticamente modificados y de los pesticidas manejada por Monsanto, Bayer, Syngenta y el resto de grandes actores de la industria agroquímica. Uno de los engranajes más activos de esta maquinaria es Genetic Literacy Project (GLP), una ONG sin propósitos de lucro que está en la primera línea de la industria y da albergue al programa Servicio de Evaluación Estadística (STATS, por sus siglas en inglés) de la Universidad George Manson (GMU, por sus siglas en inglés). Según Sourcewatch, “Da la impresión de que gracias a la asociación de este grupo con esta universidad de derechas, importantes trabajos y producción están siendo financiados por la GMU”, entre cuyos socios fundadores están ExxonMobil, la Charles G. Koch Charitable Foundation y el Searle Freedom Trust. 
En la página web de STATS se puede leer que “está financiado por un donativo del Searle Freedom Trust y que no acepta dinero ni apoyo de la industria”. Searle Freedom Trust es una fundación privada conservadora que funciona gracias a la riqueza heredada del gigante de la industria farmacéutica G.D. Searle & Co., que ahora forma parte de Pfizer. Searle financia a un abanico de laboratorios de ideas, entre ellos Americans for Prosperity, el Consejo Estadounidense por el Intercambio Legislativo (ALEC, por sus siglas en inglés) y el instituto Heartland. Danile Searle, fundador de G.D. Searle & Co., fue el principal financiero del Instituto Estadounidense de la Empresa (AEI, por sus siglas en inglés), el laboratorio de ideas de derechas. 
En el pasado marzo, el financiero de la GLP Jon Entine escribió una vigorosa defensa de los neonicotinoides, que fue subida a la página web de la GLP. Tal como comentó un lector de esa defensa, Entine “falsea groseramente” los hallazgos del estudio de la USDA que menciona en su nota. Además, insiste con la estabilidad de la población de las colmenas en Estados Unidos pero evita mencionar que los apicultores estadounidenses han estado importando abejas de Australia para mantener la población de sus colmenares. Entine puede engañar a un lector ocasional, pero a quienes están al tanto de la propaganda de la biotecnología este intento de embaucar al público sobre la dura realidad de los neonicotinoides no debería sorprenderles de ninguna manera. 
“Jon Entine tiene vínculos profesionales con Monsanto, la fundación de Bill y Melida Gates, Proctor & Gamble y otras corporaciones afines”, escribe Mike Adams, editor fundador de Natural News, un portal de noticias online relacionadas con la salud. Adams continúa: “Entine es un ‘atacante operativo’ clave para la industria biotecnológica, bien conocido por ser el autor de salvajes y mortales artículos difamatorios destinados a los escépticos de lo organismos genéticamente modificados y científicos que discrepen con los artificiosos argumentes sobre la seguridad de la industria biotecnológica. Con la ayuda de Forbes y la connivencia del AEI –ambos son jugadores clave en el ataque y la difamación a los recelosos de los OGM y los científicos–, Entine ha tenido un papel decisivo a la hora de desprestigiar y ensuciar ferozmente la reputación de muchos científicos, activistas, periodistas independientes y ambientalistas, por lo general mediante el uso de tácticas de falseamiento y la fabricación sistemática de “hechos” inexistentes”. 
Complicar el choque 
Sin embargo, la industria biotecnológica ha intentado llevar el conflicto entre abejas y pesticidas lejos del escenario de las relaciones públicas y presentarlo como una cuestión política. “Se trata más de un choque de ideologías que de relaciones públicas”, dice Luke Gibbs, director de asuntos corporativos en el norte de Europa de Syngenta, la mayor empresa de agroquímicos del mundo y principal productor de neonicotinoides. “[La disminución de la población de] abejas es una cuestión complicada y que tiene muchos aspectos. Pero se ha polarizado y politizado tanto que nos impide trabajar juntos, algo que sería beneficioso para todos.” 
¿Los ambientalistas, los que abogan por la seguridad alimentaria y los involucrados en el agronegocio trabajando juntos? Puede parecer algo rocambolesco, pero pensar en el hecho de que el sistema alimentario sea arrancado del control corporativo en un futuro próximo puede ser un camino que valga la pena explorar. “Ambos extremos son un total sinsentido”, dice Dave Goulson, biólogo conservacionista de la Universidad de Sussex. “La ciencia está bastante convencida de que los neonicotinoides están contribuyendo a la disminución del número de abejas, pero de ninguna manera es el peor factor. La mayor parte de los científicos está de acuerdo que la mayor causa única es la pérdida de su hábitat y que las enfermedades y los pesticidas contribuyen a ello. Obviamente, cualquier pesticida daña la vida silvestre; la cuestión está en encontrar el correcto equilibro entre la productividad y el impacto ambiental.” 
“Es probable que los ecologistas y los apicultores tengan algo que decir”, dice John Haynes, administrador de una explotación agraria de algo más de 12.000 hectáreas en la frontera entre los condados de Essex y Hertfordshire en el sureste de Inglaterra que apoya el uso de los neonicotinoides. “Pero si en este país se quiere producir semillas de colza en lugar de importarlas, se necesita un enfoque más inteligente de los neonicotinoides en lugar de prohibirlos totalmente. 
La reducción de la población de abejas es un problema complejo; no toda la culpa está en un pesticida específico. Un estudio que llevo tres años realizado por la Universidad de Maryland publicado en el periódico –revisado por los colegas de la profesión– PLUS ONE en marzo halló que es “improbable que el neonicotinoide llamado imidaclopride haya sido la causa única de la muerte de abejas” en Estados Unidos en la última década. Los investigadores encontraron que efectivamente el pesticida es dañino para las abejas: las plagas del ácaro Varroa fueron significativamente mayores en las colmenas expuestas. Además, las abejas no se acercaban a los panales contaminados con imidaclopride, lo que producía desnutrición. De cualquier modo, el estudio dejó en claro que los neonicotinoides son malos para las abejas. 
Miedo a lo gratuito 
En la cuestión de los neonicotinoides, es posible que no haya que encontrar necesariamente un “equilibrio adecuado” porque sencillamente podría ser que los pesticidas no fueran necesarios. Uno de los argumentos de la industria agroquímica es que no hay alternativas para los neonicotinoides. Esto, simplemente, no es verdad. Lo que sucede es que muchas de las alternativas no producen los jugosos beneficios que busca la industria. En su sitio web, Save the Honey Bees, la Red de Acción Pesticidas (CAN por sus siglas en inglés), una asociación internacional de ONG, grupos de ciudadanos y personas que luchan en 60 países contra el uso de pesticidas relata una importante historia que los agricultores que adhieren al falso supuesto de que no hay alternativas deberían tener en cuenta: 
“En 2008, cuando Italia discutió la posibilidad de prohibir la utilización del tratamiento de las semillas de maíz debido a la grave pérdida de colonias de abejas, la industria realizó una impresionante campaña mediática sobre la falta de alternativas en la lucha contra el gusano de la raí z del maíz [ Diabrotica virgif era virgifera ] y los daños económicos que producuría esa decisión: decenas de millones de euros para los agricultores. Después de cuatro años de cosechar maíz sin neonicotinoides no pudo observarse caída en la producción del cereal; la alterativa fue sencilla y sin costo alguno: rotación en los cultivos. Esa técnica puede reemplazar eficientemente a los neonicotinoides en relación con muchas plagas de las plantas.” 
Hay una palabra en esta historia que despierta el miedo en el corazón de los ejecutivos de las agroquímicas: “gratis”. Ellos tienen mucho que perder si los agricultores se inclinan por las alternativas. Para una lista [en inglés] de las alternativas más sostenibles a cada neonicotinoide específico, véase aquí). Según Statista.com, en 2013 el mercado mundial del agroquímico facturó 203.600 millones de dólares y está trabajando para que en 2018 los ingresos alcancen los 242.000 millones. En 2012, los insecticidas y el tratamiento de semillas (en su mayor parte con neonicotinoides) significaron el 30 por ciento de la facturación de Bayer CropScience, y más del 6 por ciento del total de ventas de Bayer. 
Existe un conjunto cada vez mayor de evidencia que cuestiona el beneficio de los neonicotinoides. Un estudio realizado por la Universidad Estatal de Michigan y publicado a principios de este año en la Journal of Economic Entomology investigó la relación entre la plaga del gusano de la alubia [ Striacosta albicosta ] y el daño en la alubia seca. Observando el empleo de semillas tratadas con el neonicotinoide llamado thiamethoxam y el suelo tratado con el insecticida sistémico aldicarb, los investigadores llegaron a la conclusión de que ninguno de esos pesticidas reducía el daño producido por el gusano de la alubia. De hecho, en las parcelas que no habían sido tratadas las alubias tenían una proporción menor de defectos en comparación con las cultivadas en parcelas tratadas. 
Ni recordada ni pagada 
Las abejas están luchando en varios frentes. Y su trabajo es ingrato. No solo deben vérselas con parásitos mortales, enfermedades, pesticidas y propaganda; además, ni siquiera son recompensadas por su trabajo. “Podéis agradecer a Apis mellifera, más conocida como ‘abeja’, por uno de cada tres bocados que coméis en este momento”, escribe Bryan Walsh, corresponsal en el extranjero que cubre cuestiones ambientales para la revista Time. “Desde la almendra de los huertos del centro de California –donde cada primavera acuden miles de millones de abejas de todo Estados Unidos* para polinizar un cultivo de miles de millones de dólares– hasta las plantaciones de arándanos de Maine, las abejas son las trabajadoras olvidadas y no pagadas de la agricultura de Estados Unidos, aunque le aporten unos 15.000 millones de dólares cada año.” 
Pavan Sukhdev, economista ambiental que en 2012 fue nombrado Embajador de Buena Voluntad por el Programa Medioambiental de Naciones Unidas (UNEP, por sus siglas en inglés) por su trabajo en pro de la economía verde, sostiene que los seres humanos no valoramos la contribución de las abejas debido que esa valoración no se traduce en moneda corriente. “Ni una sola a abeja nos ha enviado nunca una factura”, escribió Sukhdev en el informe de Naciones Unidas La economía de los ecosistemas y la biodiversidad. “Esto es parte del problema: como la mayor parte de lo que nos llega de la naturaleza es gratis, como no se factura, como no tiene precio, como no se comercia en el mercado, preferimos ignorarlo.” 
Aunque no le pongamos etiqueta de precio al trabajo de las abejas, deberíamos mirarlas como un modelo digno de ser emulado. “Si nos detuviéramos a pensarlo, veríamos que la colmena es el paradigma perfecto de la más avanzada industria alimentaria”, dice el doctor Halter, experto en abejas. “Empieza atrabajar antes del amanecer. Cierra el taller después de la puesta del sol. El desempleo es igual a cero. Y las abejas siempre están dispuestas a cambiar la secuencia de operaciones en cuestión de minutos.”** 
“El modo en que la humanidad gestione bien o mal sus activos naturales, entre ellos los polinizadores definirá, en parte nuestro futuro colectivo en el siglo XXI”, dice Achim Steiner, director ejecutivo de UNEP. “El hecho es que más de 70 de las 100 especies vegetales que proporcionan el alimento del planeta son polinizadas por las abejas.” 
Tal como observó el poeta inglés William Blake en sus ‘Proverbios del Infierno’, “La atareada abeja no tiene tiempo para las pesares”. Hasta que no empecemos a valorar de verdad el servicio que ellas proporcionan –a los seres humanos y a la naturaleza como un todo– pronto las abejas podrían quedarse sin tiempo para todo. Y todos los pesares serán nuestros. 

* Bryan Walsh, corresponsal de Time, exagera un poco: la abeja obrera vuela como máximo unos 3.000 metros desde la colmena para recoger néctar y polen. (N. del T.)
** Desde luego, estas palabras del doctor Halter deben ser tomadas con muchísimo cuidado, ya que también podrían ser el ideal de perfección del actual sistema productivo capitalista. (N. del T.) 

Fuente: http://ecowatch.com/2015/10/06/honeybees-face-global-threat/ - Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García. - Gráfico: Reducción de la población de abejas según el departamento de Agricultura de EEUU