martes, 21 de marzo de 2017

¡Pase sus vacaciones matando!

Ulrich Seidl, cronista de lo grotesco de la humanidad, firma un estremecedor retrato de la caza y el nuevo colonialismo en África en la película documental ‘Safari’, un atrevido trabajo, de factura impecable, que arrastra al espectador hasta el aborrecimiento y la náusea.
Begoña Piña
 
De la confusión hasta el aborrecimiento y la náusea, la nueva película del atrevido cineasta austriaco Ulrich Seidl, Safari, propone un recorrido que se convierte en el más eficaz alegato concebido desde el cine contra la caza. Y son los cazadores, con sus testimonios y acciones, sin otras palabras que les desmientan, los causantes de esa arcada de puro asco. Mucho antes de que haya terminado la película, abominas de estos seres humanos, macabros depredadores, arrogantes racistas. Ahora, la fotografía de Juan Carlos I, escopeta en mano, posando con un elefante abatido, no solo indigna, repugna.
Seidl, que parecía que había llegado al límite máximo de lo grotesco en la humanidad con su anterior En el sótano, sobrecoge con este filme documental al revelar nuevas cimas de la aberración de los hombres. Estrenada en Venecia, la película propone una mirada completamente diferente, muy osada, de la caza en África.
"Felicidades, cazador"
El cineasta sigue con la cámara a unos cuantos turistas y cazadores austriacos y alemanes. Graba, para mostrar sin filtros al espectador, cómo estos acechan a las presas hasta que las matan. Se emocionan, se besan y se abrazan, se felicitan y se hacen fotografías con los cadáveres. Luego observan indolentes cómo los trabajadores negros despellejan a los animales, los descuartizan… Pasan sus vacaciones matando.
Los protagonistas de Safari, tan despreciables, se le quedan grandes a la comedia burlesca. Un matrimonio mayor, cazadores que repasan fríamente los precios de los animales muertos –“un kudú sería una buena compra. Un facocero, un ñu de cola blanca, un tsessebe…”-, y una familia que festeja con besos emocionados cada asesinato –“felicidades, cazador”, “felicidades, cazadora”-. Con ellos el dueño del rancho de caza, su mujer y los guías. Y a la sombra, los trabajadores negros, los que hacen el trabajo sucio, los que ganan lo justo para vivir en casas de adobe, en chabolas, y comer la carne seca o las cabezas de los animales muertos.
El nuevo colonialismo
Esa es la imagen del nuevo colonialismo que Ulrich Seidl exhibe contundente con unas poderosas imágenes, que parecen congeladas, de estas personas sentadas frente a la cámara o de pie, en medio de una pared repleta de las cabezas-trofeo del rancho o de cráneos colgados en la uralita de sus chozas o al lado de una miserable cuerda en la que han colgado los rabos de los animales.
Dueño del rancho: “Si señalas las diferencias, en seguida te llaman racista. No les gusta que les aconsejen, han desarrollado una especie de orgullo…”
Su esposa: “Los negros pueden correr muy rápido. Cuando quieren. Cuando compiten en los deportes... Tienen unas fibras musculares diferentes”.
Él: “Tienen un 20% más de músculo por milímetro cuadrado. Y los tienen estriados. Tienen los huesos del talón más largos. Por ello pueden correr mejor y más rápido”.
Ella: “Cuando quieren”.
La agonía de la muerte
La película de Ulrich Seidl, radical y magnífica, llega al momento casi insoportable de la caza de una fabulosa jirafa macho. El hombre la ha alcanzado, pero el animal aún vive. La cámara graba su atroz agonía de muerte. Intenta levantar la cabeza, pero su poderoso cuello es ahora cuerda de marioneta, flácido, débil. Ellos la miran. Están emocionados. Las otras jirafas esperan hasta que muere. El ritual de la fotografía es dantesco. “Posas como un Atlas”, exclama la mujer. Y después, el cuello del animal en una posición imposible, el cuerpo inerte doblado sobre la camioneta safari. Y el despellejamiento, despedazamiento…
El hijo: “Cazar es una liberación para los animales”. La hija: “Exacto, los más viejos, por ejemplo” / “O los enfermos” / “De hecho, estás haciendo un favor a su especie, los ayudas a sobrevivir y reproducirse”.

Arrogancia y desfachatez
‘Safari’ no necesita que nadie más que ellos hablen. Qué es la caza para ellos, cómo la defienden, lo que siente al matar, las armas que prefieren, sus reflexiones acerca de la muerte… Ulrich Seidl encuentra ahí mismo el remate definitivo a su trabajo, la descomunal arrogancia y desfachatez del propietario del rancho. “La mera existencia de la humanidad, con las cifras de hoy en día, está agotando la naturaleza y no se puede cambiar eso prohibiendo determinadas actividades como cazar o correr por el bosque. Aún sobrecargaríamos más la naturaleza. En realidad la naturaleza ha desparecido. El que no entienda eso o diga que deberíamos proteger ciegamente a los animales… Eso no nos llevaría a nada”.
Y este mismo personaje pone la guinda con sus palabras y su cinismo. “El verdadero problema de la humanidad es la sobrepoblación (…) La vida es finita. Deberíamos comportarnos de acuerdo a eso. Deberíamos comportarnos de manera responsable con nuestro entorno, con el prójimo y por encima de todo con el reino animal. Nosotros, como humanos, estamos en la cima de la pirámide y de hecho somos innecesarios. Si desapareciéramos, el mundo quizá sería un sitio mejor”.

Fuente: publico.es