miércoles, 20 de abril de 2016

Ocultar y Concentrar Capitales: Esencia del liberalismo

Por Néstor Restivo
 
Las guaridas fiscales son previas al neoliberalismo. Nacieron durante el “liberalismo” al que remite el prefijo “neo” desde los años ‘80. Pero su expansión explosiva sí se dio en los últimos 30 años, cuando la cantidad de capital acumulado por el saqueo de bienes públicos, la evasión fiscal o las operaciones criminales llegó a tal nivel que era necesario -y, en la lógica neoliberal, inevitable- tenerlo fuera de las fronteras internas, esto es fuera del alcance del fisco o de la ley. Es decir, la magnitud actual de las sociedades “off shore” y sus guaridas son intrínsecas al neoliberalismo. Completan el círculo: sin ellas, éste no se consuma.
 
Siempre es mejor, para un medio periodístico, impactar con las figuras de un presidente como Mauricio Macri o una estrella deportiva como Leonel Messi en la lista de posibles delincuentes. Pero es imprescindible comprender el marco estructural del fenómeno de la evasión fiscal o del lavado u otros crímenes que se dan en esas guaridas.
El “liberalismo” que evoca el neoliberalismo no es otro que el mismísimo capitalismo, desatado a su furia originaria en el siglo XIX, cuando las distancias entre los ingresos de los pocos (o no tantos, pero menos que ahora) millonarios y magnates respecto de las clases empobrecidas era colosal. Y cuando la tasa de imposición a ganancias y rentas era ínfima.
La codicia, la falta de regulaciones y la expansión del capital, que se hizo imperialista, llevó a dos guerras mundiales y a otras calamidades, hasta que en la mitad del siglo XX se llegó en varias regiones de Occidente al “pacto keynesiano”, que permitió un mayor equilibrio entre el capital y el trabajo, un rol más activo del Estado en tanto garante del sostén del ciclo económico y atenuador de tensiones sociales y, entre otras características, esquemas impositivos más justos, es decir más gravosos para las grandes empresas y fortunas.
Si bien los beneficiados de siempre siguieron ganando mucho dinero, su tasa promedio de ganancia o rentabilidad fue cayendo (de 40 a 10 por ciento entre los años ‘50 y ‘70, según mediciones de Anwar Shaikh y otros economistas), hasta que entonces los muchachos dijeron hasta aquí llegamos. A decenas de miles de latinoamericanos les costó la vida; a muchos gobiernos democráticos, su desplazamiento por la fuerza, y en los países más “civilizados”, sin tanta sangre de por medio, volvieron los “neo” a reposicionar esa acumulación capitalista para pocos allá donde había quedado, antes de las guerras mundiales. Bajaron las medidas regulatorias. Bajaron las tasas impositivas.
Neoliberalismo no es privatizaciones, flexibilización laboral, ajuste presupuestario...
Esas y otras fueron apenas las herramientas utilizadas para lograr su verdadero objetivo, cumplido: transferir ingresos de abajo hacia arriba, volver a acumular capital, obscenamente, y ponerlo a salvo del fisco o de la ley.
En esta etapa, la que se abrió con las reformas de Reagan y Thatcher, hubo dos rasgos novedosos: primero, el capital financiero y los grandes bancos cobraron preeminencia; segundo, se facilitó el movimiento de capitales por la revolución en las tecnologías informáticas. Otro rasgo fue el de la concentración, pero en verdad éste siempre existe como tendencia.
El sello de lo financiero y la velocidad y virtualidad permitida por las nuevas tecnologías facilitó la fuga a las guaridas fiscales, que eran preexistentes (Panamá, sin ir más lejos, cobró vuelo a principios del siglo XX por impulso de la Standard Oil, que ya necesitaba ese tipo de coberturas para sus ganancias), pero que ahora crecieron como hongos.
Quienes, personas físicas y jurídicas, que se llenan la boca de la palabra ética y república, llevaron al mundo a esas situaciones de vergüenza que se publican de tanto en tanto (empresas con mayor facturación que el PBI de países enteros; puñados de familias más ricas que millones de sus compatriotas; fondos que se fugan y serían equivalentes a millones de soluciones alimentarias, habitacionales, sanitarias) necesitan completar el circulo neoliberal y ahí están los grandes bancos invitándolos alegremente a hacerlo, en sus oficinas para “clientes especiales”: pongan sus fortunas lejos del señor recaudador y del señor juez.
El señor recaudador es siempre antipático, pero es un garante de que una sociedad pueda funcionar.
El juez, en cambio, en general ha estado siempre del lado del poder, y ahora en muchos países se ha convertido en el refugio último de los partidos reaccionarios y los delincuentes de guante blanco. Incluso, en Argentina, ni siquiera pagan Ganancias como lo hace cualquier trabajador de sueldo moderado.

Fuente: Cash - Imagenes: ‪www.finanzzas.com‬ - ‪www.fosterswiss.com‬