lunes, 28 de septiembre de 2015

El negacionismo climático liderado por los republicanos amenaza el futuro de todo el planeta


Crece la división política en Estados Unidos

AlterNet

La especie humana... no es muy capaz de soportar la realidad. T.S. Eliot, de ‘Burnt Norton’ 

Ha pasado más de un año desde que un sondeo descubriera que el cambio climático se ha situado como la cuestión política que más polariza a los estadounidenses. La encuesta, dirigida por el Instituto Carsey de la Universidad de New Hampshire, encontró que la capacidad de polarización del debate sobre el clima es tan fuerte que ha dejado atrás a temas candentes como el control de las armas de fuego, la evolución, la pena de muerte e incluso el aborto. Con la histórica visita a Alaska del presidente Obama hace poco para hablar sobre la urgencia de actuar en relación con el cambio climático justo al mismo tiempo que los republicanos se esfuerzan por desbaratar su agenda climática, cualquier señal de que la distancia que separa a los principales partidos del país sea salvada en un futuro próximo es muy débil. 
En 2009, el Centro de Investigaciones Pew estudió los puntos de vista de los estadounidenses sobre el estado de la ciencia y su impacto en la sociedad. La conclusión fue que “la opinión sobre el cambio climático está relacionada sobre todo con la afiliación partidaria de los encuestados”. Dos tercios de los republicanos (67 por ciento) creen que en realidad el calentamiento global no se está produciendo, o, en todo caso, si está ocurriendo nada tiene que ver con la actividad humana. Por el contrario, la mayoría de los demócratas (64 por ciento) dice que el planeta se está calentando debido principalmente a los seres humanos.
El cambio climático no debería provocar una división tan marcada: el año pasado, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), el organismo de Naciones Unidas que se ocupa del clima, informó de que más del 95 por ciento de los científicos está de acuerdo en que la causa principal del calentamiento global es la actividad humana.
La quimera de Estados Unidos
Cuando se acercan las elecciones presidenciales, para los republicanos la cuestión del clima se convierte en un problema electoral: según un sondeo reciente, la mayoría de los estadounidenses declara que lo más probable es que apoye a los candidatos que prometan parar el cambio climático. La encuesta, realizada por The New York Times, la Universidad de Stanford y la asociación Recursos para el Futuro, encontró que las dos terceras partes de los estadounidenses dicen que apoyarían a los candidatos que prometan combatir el cambio climático. Casi la mitad de los republicanos (48 por ciento) dice lo mismo. El sondeo también observó que una mayoría consistente de los votantes de Estados Unidos, 83 por ciento, cree que el calentamiento global es una seria amenaza global.
Si bien es cierto que los negacionistas climáticos están en todo el mundo, esta postura anticientífica es un fenómeno particularmente estadounidense. En Estados Unidos, los miembros elegidos por el Partido Republicano* que son negacionistas son los más numerosos; varios de ellos están tratando de llegar a la presidencia. En otros países industrializados, la historia es diferente. “En Europa, negar el cambio climático es visto como algo descabellado”, dice el escritor sobre cuestiones financieras y económicas londinense Imogen Reed. “A pocas figuras políticas o periodistas se les ocurriría mencionar esta cuestión; de hacerlo, recibirían del público europeo el mismo desprecio que despierta la negación del Holocausto”.
Hasta los ciudadanos de los países emergentes están más en sintonía con la realidad del calentamiento global. El Proyecto Pew de Actitudes Globales concluyó que la mayoría de los consumidores de China (91 por ciento), India (73 por ciento) y Corea del Sur (71 por ciento) está dispuesta a pagar precios más altos para solucionar el cambio climático. No es así en Estados Unidos, donde un escaso 38 por ciento haría lo mismo. “En este sentido, el publico estadounidense está desacompasado del resto del mundo”, escribe el autor del informe. “En la mayor parte de los países encuestados, lo más probable es que la gente esté más dispuesta a pagar cualquier cosa que pueda hacerse para frenar el calentamiento global; no pasa lo mismo en Estados Unidos.”
El negacionismo climático de los republicanos, acicateado por una enorme maquinaria social, económica y política engrasada por los laboratorios de ideas conservadores y grupos activistas, ha creado una situación potencialmente desastrosa en la que el cambio climático –indiscutiblemente, la cuestión mundial más apremiante de nuestro tiempo– se ha convertido también en el tema con mayor capacidad de división del país cuyo liderazgo es del todo crucial para encontrar una solución. Si bien Obama se comprometió a reducir la emisión de gases de invernadero en un 17 por ciento del nivel de 2005 de aquí a 2050, el objetivo se enfrenta con un obstáculo mayor: la rica y poderosa maquinaria republicana que trata de desmantelar la agenda climática del presidente. Con los dos principales partidos bloqueados en una confrontación aparentemente insoluble sobre esta cuestión, cualquier acción significativa parece casi una quimera.
Si es un sueño, es porque el Partido Republicano se niega a aceptar la realidad. La encuesta Carsey encontró que la separación definida por la afiliación partidaria en lo referente a las cuestiones científicas “iguala o supera a aquellas que dividen históricamente las cuestiones de índole social”. La división es impulsada sobre todo por los republicanos, 70 por ciento de los cuales no cree en el calentamiento global. Esta posición se mantiene en marcado contraste con los científicos del mundo, 97 por ciento de los cuales está de acuerdo con que el cambio climático es un fenómeno de los últimos 100 años. Lawrence Hamilton, quien dirigió la encuesta Carsey, escribió que los hallazgos muestran “un panorama político en cambio, en el que las ideas e informaciones científicas que son aceptadas por la mayor parte del mundo de la ciencia son, sin embargo, muy discutidas”.
La desinformación mediática
La controversia está en parte alimentada por informaciones erróneas difundidas por los medios. El año pasado, la Unión de Científicos Preocupados (UCS, por sus siglas en inglés) publicó su análisis de la cobertura sobre el clima en 2013 realizada por las tres principales redes de noticias por cable. Los investigadores confirmaron lo que la mayor parte de los ambientalistas ya presentían: Fox News lideraba en la desinformación climática. La portavoz de la derecha presentaba evaluaciones engañosas en prácticamente tres de cada cuatro (72 por ciento) de sus espacios dedicados al clima. Oponiéndose a ese sesgo de Fox News está su presentador Shepard Smith, que es un reconocido defensor de la teoría antropogénica en el cambio climático, aunque es una de las pocas voces de la cadena que hacen esto.
Pero Fox no tiene por qué asumir toda la culpa; un tercio de los espacios de CNN también contiene información engañosa. La UCS hace una sugerencia: “El paso más importante que CNN podría dar para aumentar su credibilidad es acabar con los debates sobre la ciencia climática oficial y en lugar de ellos propiciar discusiones sobre el tiempo y la forma de responder al calentamiento global mediante una política climática”. MSNBC es la red de noticias más exacta de las tres, con 8 por ciento.
“La audiencia se merece una información del clima que responda a la corrección científica”, dice el autor de informe de la UCS. “Los medios pueden hacer más para alentar un debate sobre el problema del cambio climático y las políticas que se diseñen para resolverlo que esté basado en la realidad de los hechos, en lugar de contribuir a una discusión entrecortada y errónea sobre los hechos oficiales de la ciencia climática.”
Las redes de noticias por televisión han realizado un trabajo terrible en la cobertura del cambio climático. En marzo, Miles Grant, gerente adjunto de comunicaciones de la Federación Nacional de la Vida Silvestre (NWF, por sus siglas en inglés) escribió sobre el fracaso de las tres redes mayores a la hora de informar apropiadamente acerca de las condiciones climáticas extremas que castigaron a Estados Unidos a principios de este año: “Comprensiblemente, en las últimas semanas, las redes de noticias por televisión se han centrado sobre todo en los fríos extremos y las nevadas en el Noreste y norte del Medio Oeste. Pero un reciente estudio de Imparcialidad y Exactitud en la Información (FAIR, por sus siglas en inglés) muestra que esas redes han ignorado casi completamente un fenómeno relacionado e incluso más peligroso en el Oeste: el tremendo récord de calor en el invierno. Y tristemente, han omitido discutir lo que conecta a ambos conjuntos de extraños fenómenos climáticos: la actividad humana como causante de los trastornos climáticos”.
El estudio examinó las grabaciones de los noticiosos de ABC, CBS y NBC emitidas entre el 25 de enero (mientras el temporal Juno se acercaba al Noreste de EEUU) y el 4 de marzo. Percibieron que mientras 417 segmentos informativos mencionaban el frío extremo, solo siete (apenas el 1,7 por ciento) se refirieron al cambio climático, a pesar de que algunos científicos ya habían establecido la vinculación. A medida que Juno se aproximaba, el climatólogo del Centro Nacional de Investigación Atmosférica (NCAR, por sus siglas en inglés) Kevin Trenberth le dijo a The Guardian: “Es posible que haya fuertes nevadas en parte debido al cambio climático”.
Seguir la pista del dinero
Ya es bastante penoso que los medios no cubran apropiadamente el cambio climático; cuando lo hacen, buena parte de la cobertura está plagada de información errónea. Sin embargo, los esfuerzos por informar al público con investigación científica contrastada por los pares y el estímulo de la acción legislativa relacionada con la cuestión del clima también es obstaculizada por los millones de dólares gastados para pagar a los grupos de presión que se oponen a las acciones del presidente Obama y para apoyar a quienes niegan el cambio climático.
En junio, The Guardian publicó lo que había descubierto en su análisis de los depósitos de impuestos anuales realizados en rentas públicas de EEUU por el fondo de inversiones de donantes y el fondo de donantes de capital (DT y DCF, por sus respectivas siglas en inglés; juntos, son conocidos como el “Dark Money [dinero negro] ATM” del movimiento conservador. The Guardian encontró que estos fondos –que no pueden ser examinados por particulares– en algo más de tres años habían donado alrededor de 125 millones de dólares a grupos que “difunden desinformación relacionada con la ciencia del clima y están comprometidos con la destrucción del plan de Obama sobre el cambio climático”.
En otro análisis, DeSmog, un sitio web centrado en las campañas de desinformación, examinó registros fiscales que revelaron que entre 2005 y 2012, DT y DCF –que comparten sede en Virginia– habían recibido 479 millones de dólares en negro cedido por personas individuales o grupos que no están obligados a declarar las donaciones que hacen. Más aún, un análisis hecho por Greenpeace descubrió que entre 2002 y 2013, DCF había dado 16 millones de dólares al instituto Heartland, que alberga regularmente conferencias a cargo de negacionistas climáticos; una vez, este instituto equiparó a quienes creen en la ciencia del cambio climático con los autores de matanzas.
“En realidad, los laboratorios de ideas conservadores son la punta de lanza del ataque conservador sobre el cambio climático”, dijo Riley Dunlap, sociólogo de la Universidad de Oklahoma que colaboró en la creación de la asignatura de “sociología ambiental” en los setenta. “Escriben libros, dan instrucciones, abren editoriales y atraen a científicos contrarios... Son un impresionante altavoz que amplifica un discurso muy, muy, minoritario.”
“Todas esas corporaciones que estaban teniendo mala prensa se dieron cuenta de que pueden continuar financiando a laboratorios de ideas conservadores”, dijo Dunlap. Exxon o BP pueden seguir financiando alguna de esas cosas al mismo tiempo que hacen muchas otras cosas para reducir las emisiones.” Greenpeace reveló que, entre 2005 y 2008, ExxonMobil gastó 8,9 millones de dólares para financiar la maquinaria del negacionismo climático. Pero esto fue superado ampliamente por Koch Industries, que aportó casi 25 millones de dólares en esa campaña durante el mismo lapso.
Robert Brulle, profesor de sociología y ciencia medioambiental en la Universidad Drexel fue el primero en exponer la compleja y altamente secreta matriz de grupos de activistas y laboratorios de ideas que integran el movimiento conservador negacionista del cambio climático; dice que esas fundaciones fueron utilizadas para poner a punto la oposición a cualquier regulación relacionada con el clima. “Se trata de una maquinaria cultural y política muy bien aceitada y compleja que ha implementado el ala derecha del movimiento conservador”, agrega.
Leyendo la buenaventura en los posos del té
Así como la corriente dominante del Partido Republicano tiene dinero y medios informativos que trabajan para promover el negacionismo climático y oponerse a la aprobación de leyes relacionadas con el tema, el Tea Party ha desempeñado un papel único e importante en la polarización en el debate por la cuestión climática en Estados Unidos. “Mientras la gran mayoría de los demócratas y los independientes y los republicanos que no adhieren al Tea Party dicen que dan crédito a los científicos, solo el 28 por ciento de los republicanos del Tea Party confían en ellos”, escribe Hamilton, el investigador de la encuesta Carsey.
Con uno de cada cuatro estadounidenses que se declaran adeptos del Tea Party, cerca del 80 millones de personas recelan de la ciencia. Entonces, no debería sorprender que, dentro del Partido Republicano, los seguidores del Tea Party sean los más fervientes defensores de la bandera del negacionismo climático. “Los republicanos del Tea Party son quienes más improbablemente estén de acuerdo con el consenso entre los científicos acerca de que la actividad humana está cambiando el clima, o que los seres humanos han evolucionado a partir de antiguas formas de vida en un proceso que ha durado millones de años”, escribe Hamilton. Una encuesta hecha por Pew en 2013 reveló que el de los adeptos al Tea Party es el único grupo de estadounidenses que piensa que la Tierra no está calentándose.
John M. Broder, informador sobre temas de energía y medioambientales en la delegación Washington de The New York Times, opina que mientras los adeptos del Tea Party pueden llegar a negar el cambio climático desde distintas posturas, todos ellos coinciden en su resistencia a cualquier supervisión federal.
El escepticismo y la negación rotunda del calentamiento global es una de los artículos de fe del Tea Party. Para algunos, es una especie de creencia religiosa; para otros, está motivado por la desconfianza hacia quienes ellos llaman la elite. Y para otros, los esfuerzos destinados a solucionar el cambio climático son una conspiración para imponer un gobierno mundial y una redistribución total de la riqueza. Pero todos ellos son conscientes de que los planes de la administración Obama son regular el dióxido de carbono –un gas ubicuo–, lo que requerirá la expansión de la autoridad gubernamental en casi todos los renglones de la economía.
El candidato a la presidencia por el Partido Republicano, senador Ted Cruz (Texas), un favorito del Tea Party, ha reconocido que el calentamiento global es real, pero sostiene a viva voz su creencia de que no tiene nada que ver con la actividad humana. “En cuanto a los alarmistas por el calentamiento global, si cualquiera muestra una evidencia que refute esa apocalíptica visión, ninguno de ellos se implica en un debate razonado”, dijo Cruz en marzo. “¿Qué hacen? Gritan ‘Usted es un negacionista’, y te ponen la etiqueta de herético. Hoy día, los alarmistas del calentamiento global son el equivalente de los que creían que la Tierra era plana.” En relación con las nuevas regulaciones de la EPA que exigen a las generadoras de electricidad la reducción de la emisión de gases de invernadero en un 30 por ciento para 2030, Cruz lanzó un llamamiento a “invalidarlas en el Congreso, echarlas abajo en los tribunales o que la próxima administración las rescinda”.
Pero, ¿durante cuánto tiempo ejercerá influencia el Tea Party en el debate sobre el cambio climático? Los adeptos de este tendencia suelen ser más mayores que el resto de los republicanos (el 25 por ciento de ellos tienen 65 años o más, en comparación con el 19 por ciento del resto de los republicanos). Dado que casi toda la gente joven cree que el cambio climático es real (solo el 3 por ciento no lo cree), es posible que la capacidad del tea Party de influir en la discusión sobre el clima disminuya con el tiempo. Pero para entonces, cualquier cosa que se haga podría ser demasiado tarde.
El Partido Republicano produce división
Mientras los ambientalistas se han centrado en el cambio climático como la cuestión decisiva que podría influir en el voto independiente, la división por el clima es apenas una parte de una tendencia mucho mayor en Estados Unidos. Una encuesta sobre la polarización política realizada por Pew que implicó a 10.000 adultos de todo el país llegó a la conclusión de que “los republicanos y los demócratas están más divididos por su ideología –la antipatía partidaria es más profunda y extendida– que en cualquier otro momento de los últimos 20 años”. Esta profunda animosidad es muy preocupante. Desde 1994, la proporción de estadounidenses afiliados a algún partido que tienen una imagen muy negativa del partido rival se ha duplicado; la mayoría de esos encarnizados votantes partidarios cree que las políticas del partido adversario “son tan equivocadas que ponen en peligro el bienestar de la nación”.
A pesar de que ambos partidos están alentando un creciente odio mutuo, son los republicanos los más afectados por la culpa, incluso a pesar de que es su partido el que más a menudo se implica en el juego de la culpabilización y el que más cobijo da a la desconfianza. Según Pew, son más los conservadores (72 por ciento) que tiene una “opinión muy negativa” de los demócratas, en comparación con el 53 por ciento de estos últimos que tienen una opinión similar de los republicanos. Además, los conservadores son más propensos a decir que las políticas del Partido Demócrata son una amenaza para el bienestar nacional.
Los autores del informe Pew también indican que el llamado “síndrome de perturbación mental de Obama” –un mal que aqueja a los republicanos, que están tan frustrados por el presidente que incluso desandarían antiguas creencias para hacerlo– está en el origen de la intensa desconfianza con que los republicanos ven las políticas demócratas. “Al menos en parte”, escriben aquellos, “los intensamente negativos puntos de vista que los republicanos tienen del Partido Demócrata reflejan su profundo disgusto por Barack Obama”.
Alguien ha argumentado que la polarización actual podría ser simplemente un regreso a las pautas históricas. Pero considerando el hecho de que, como Naciones Unidas alertó el año pasado, podría estar acabándose rápidamente el tiempo para actuar contra el cambio climático, el punto muerto en el que se encuentra la política estadounidense es más peligroso que nunca y existe en una escala mayor debido al fracaso de Estados Unidos a la hora de actuar directamente respecto de los impactos en el resto del mundo. En realidad, en 2013, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre aumentó al ritmo más veloz de los últimos 30 años, y EEUU contribuyó con cerca de la séptima parte de la producción total del gas.
No solo se trata de que el mundo esté yendo en la dirección incorrecta; los principales partidos políticos de Estados Unidos están yendo en direcciones opuestas y no dan señal alguna de que pueda darse un acuerdo sobre el cambio climático, gracias sobre todo al obstruccionismo del Parido Republicano. Tal como descubrió la encuesta Pew, el compromiso es esencialmente un valor de los progresistas; a los conservadores no les agrada el compromiso. Menos de la tercera parte de los votantes conservadores prefieren a políticos capaces de llegar a un compromiso; en comparación, los votantes progresistas con esta preferencia son el 82 por ciento.
En el pasado mayo, Thomas Mann, del cuerpo docente de la Brookings Institution, en un escrito en The Atlantic culpó directamente al Partido Republicano por la actual disfunción política en Estados Unidos: “Los republicanos se han convertido en una insurgencia radical: extremismo ideológico, desprecio por el régimen político heredado, desdén por el compromiso, negación de la comprensión convencional de los hechos, las evidencias y la ciencia, y desprecio por la legitimidad de sus adversarios políticos. La demostración de esta asimetría es abrumadora.
La potencia del negacionismo
Aún más alarmante es el hecho de que la negación del cambio climático sembrado por la maquinaria del Partido Republicano, en alguna medida, está funcionando. Según un estudio reciente dirigido por el científico del conocimiento de la Universidad de Bristol Stephen Lewandowsky, el incesante debate público sobre el cambio climático actualmente en curso está haciendo que algunos científicos del clima subestimen sus propios hallazgos y que, sin intención alguna de hacerlo, estén apoyando las posiciones de los negacionistas acerca de que es demasiado pronto para iniciar una acción drástica al respecto.
“En respuesta al constante, y algunas veces tóxico, desafío público, los científicos han exagerado el énfasis puesto en la incertidumbre científica e inadvertidamente han permitido que el discurso contrario afecte a lo que ellos mismos dicen, y tal vez incluso piensan, sobre sus propias investigaciones”, escribió Lewandowsky en el periódico Global Environmental Change. Uno de los mecanismos psicológicos que están detrás de esto, dice él, es la ignorancia pluralista, un fenómeno social que se da cuando “a una opinión minoritaria se le concede un desproporcionado relieve en el debate público, resultando así que buena parte de la gente que asume equivocadamente esa opinión es marginada”. Entonces, aunque los negacionistas climáticos pueden estar en minoría, la asidua cobertura de este negacionismo por parte de Fox News y otros medios conservadores, incluso tal vez la falta de noticias sobre el cambio climático en los medios hegemónicos, son factores que contribuyen al silenciamiento del enfoque científico.
“Un discurso público que deje sentado que el IPCC ha exagerado la amenaza del cambio climático”, señala Lewandowsky, “puede hacer que algunos científicos no estén de acuerdo con que sus puntos de vista estén en minoría y, por lo tanto, se retraigan a la hora de defenderlos en público”. Más aún, los investigadores dijeron que cuando a los científicos se les ofrece refutar a sus críticos, es frecuente que lo hagan “dentro de un contexto lingüístico definido por el negacionismo y de una manera que refuerza el discurso contrario”.
Esta valoración respalda el análisis de la UCS sobre la cobertura de los cables de noticias acerca del cambio climático; específicamente la forma en que CNN, una red aparentemente centrista (al menos si se la compara con Fox), que siempre está dispuesta a ofrecer un micrófono a los negacionistas climáticos. “Las mayor parte de la engañosa cobertura de la CNN consiste en debates entre invitados que aceptaban la ciencia climática oficial y otros que la cuestionan”, escriben los autores del informe de la UCS. “Este formato da la impresión de que la ciencia oficial del clima es ampliamente debatida entre los científicos, algo que no es así; esto permite también que quienes se oponen a una política climática transmitan valoraciones carentes de exactitud sobre la ciencia del clima.”
Con los medios dando tiempo de emisión a los negacionistas climáticos sin limitación alguna, los candidatos presidenciales del Partido Republicano no se sienten inhibidos y comparten su particular visión del clima con el resto del mundo. A ellos se unen grupos cada vez más grandes de políticos republicanos de todos los niveles de la negación de la ciencia pero que coinciden en su animadversión hacia cualquier política destinada a combatir el cambio climático. “No es necesario ser un declarado negacionista de la ciencia para tratar de impedir una acción contra el cambio climático”, dice Brulle. “Existen gradaciones; no es real; es real pero no estamos seguros acerca de la contribución humana en él; la frase ‘No soy científico’, como una manera de eludir la cuestión y evitar al mismo tiempo ser rotulado de negacionista notorio. También hay todo tipo de estrategias.”
El Partido Republicano ha sido muy hábil al sembrar bastante duda y crear así una fractura política que impide cualquier liderazgo estadounidense en la acción global contra el cambio climático. Hasta los gobernadores republicanos se han unido para desafiar las nuevas regulaciones sobre emisiones de gases de invernadero llevadas adelante por Obama. Jim Manzi, del cuerpo docente del instituto Manhattan, y Peter Wehner, del cuerpo docente del Centro para la Ética y las Políticas Públicas, brindaron una explicación de la posición del Partido Republicano –y su resonancia– en un artículo publicado recientemente en National Affairs: “La posición republicana –ya sea declaradamente ignorante o teóricamente conspirativa– en última instancia es insostenible, pero algunos se aferran a ella porque creen que aceptar la premisa de que hay algún cambio climático como resultado de la actividad humana significa reconocer las conclusiones de los más activos izquierdistas militantes por el clima. Estas personas creen, al menos implícitamente, que la política del cambio climático no es más que un camino retorcido hacia un destino desconocido: apoyo a nuevos impuestos al carbón, un sistema obligatorio** de limitación y control de las emisiones de gas invernadero, u otros medios del estatales de racionamiento de la energía, que implicarían la cesión de un nuevo sector económico al control gubernamental. Los conservadores parecen encontrarse entre la espada y la pared: o bien tendrán que continuar negando la realidad de los hallazgos de la ciencia o bien aceptar impuestos más altos, racionamiento energético y cada vez más regulaciones”.
La imposibilidad última de seguir defendiendo la posición de negar el cambio climático propia del Partido Republicano fue formulada hace ya más de cuatro años por un renegado del partido, el ex gobernador de Utah Jon Hontsman Jr. En las últimas elecciones presidenciales, cuando se produjo la debacle republicana del 7 de septiembre de 2012, Ron Paul, Rick Perry, Mitt Romney, Michele Bachmann, Herman Cain, Newt Gingrich y Rick Santorum formaban un equipo en su desconfianza de la ciencia que respaldaba el origen antropogénico del calentamiento global. Huntsman era el halcón solitario en la cuestión del clima. Decía, “Cuando se hacen comentarios sobre lo dicho por el 98 por ciento de los científicos del clima, cuando se cuestiona la teoría científica de la evolución, lo único que digo es que para que el Partido republicano gane [las elecciones], no podemos ignorar la ciencia”.
Sus declaraciones evocaban uno de sus tweets del mes anterior: “Para ser claro; creo en la evolución y creo a los científicos cuando hablan del cambio climático. Llamadme loco”. El jefe de la campaña de Obama, Jim Messine, más tarde reconoció que Huntsman –que había sido embajador en China durante la primera administración Obama– “habría sido un candidato muy difícil”.
En su libro de 2006 –The Elephant in the Room: Silence and Denial in Everyday Life–, Eviatar Zerubavel, sociólogo de la Universidad Rutgers, sostiene que ese negacionismo es “fundamentalmente una ilusión vana... nos permite ignorar las cuestiones incómodas que nos rodean, mientras que en realidad es incapaz de quitárnoslas de encima”.
Pero es posible que haya otras fuerzas más que mantienen a raya lo desagradable. En 2011, investigadores de la filial San Diego de la Universidad de California dieron nuevo brillo a lo que Edward Gibbon escribió en su Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano –una narración épica del gran colapso sociopolítico de la civilización occidental– sobre el sino del Estados Unidos moderno. El estudio, publicado en el periódico Nature, descubrió que el autoengaño es en realidad una exitosa estrategia de supervivencia. Sus autores escriben: “El hecho de que las poblaciones demasiado seguras de ellas mismas sean estables en su evolución en un amplio rango de entornos puede ayudar a explicar por qué una confianza excesiva continúa siendo frecuente en nuestros días, incluso aunque contribuya a un orgullo desmedido, a las burbujas de mercado, a las crisis económicas, a fracasos políticos, a desastres y a costosas guerras”.
Es posible que durante algún tiempo –décadas o incluso siglos– sea una estrategia de supervivencia, sin embargo no es una receta para la sostenibilidad en el largo plazo. Como decía Carl Sagan. “Es mucho mejor asumir el Universo tal cual es que insistir en el engaño, por más que nos satisfaga y no brinde seguridad”. Es posible que los republicanos no den mucho crédito a las palabras del astrónomo [fallecido en 1996] –un científico, después de todo–, tal vez sí. Al ritmo que nos reproducimos los seres humanos (seremos 9.600 millones en 2015) y que consumimos los recursos humanos que nos da la Tierra (140.000 millones de toneladas de minerales, metales, combustibles fósiles y biomasa para 2050, triplicando los niveles actuales) la humanidad necesitará encontrar otro planeta al que pueda saquear.
Hay señales de advertencia, pero la acción es escasa
Mientras los republicanos esconden la cabeza en la arena y continúan pavimentando ciegamente el camino hacia la insostenibilidad, el cambio climático está agazapado para afectar a miles de millones de personas en el planeta, amenazando el suministro de agua y de alimentos, los objetivos del desarrollo, la salud pública y la tierra, tanto la cultivable como la habitable. Ciertamente, Mucha gente ya está sintiendo sus consecuencias. No hay más que preguntar a las personas que viven en la isla de Kiribati, a punto de ser anegada y que ya ha perdido varios islotes con el aumento del nivel del mar. O a los habitantes de las Maldivias que está en camino de perder el 77 por ciento de su superficie para el 2100. O a los californianos angustiados por la grave sequía. O a los campesinos etíopes. Tal como el IPCC advirtió el año pasado, nadie en el planeta se verá libre de los efectos del cambio climático.
En la medida que las personas se vean obligadas a abandonar los lugares más afectado por el cambio climático, el mantenimiento de la estabilidad política en un mundo que está calentándose plantea un formidable desafío. Tal como concluyó el análisis de 55 estudios realizado por la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, por sus siglas en inglés, hay una significativa conexión entre cambio climático y violencia humana, desde la violencia doméstica y el asesinato hasta la violencia étnica e incluso la guerra civil. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que más de 51 millones de personas de todo el mundo han sido “desplazados forzosamente por persecución, conflicto, violencia generalizada o violación de los derechos humanos”; estas personas vivían originalmente en regiones desestabilizadas por el cambio climático.
En el pasado mayo, en su discurso en la ceremonia de graduación en la academia de la Guardia Costera de Estados Unidos en New London, Connecticut, el presidente Obama señaló este desafío al afirmar que el cambio climático y el terrorismo son las principales amenazas para el futuro de Estados Unidos. Criticó a los congresistas que niegan este cambio por poner en riesgo la seguridad de los estadounidenses. “Sé que en Washington todavía hay algunos que se niegan a admitir la realidad del cambio climático”, les dijo el presidente a los cadetes graduados. “Negando esto o rechazando cualquier entendimiento ponen en peligro la seguridad nacional. Eso socava la disposición de nuestras fuerzas.”
Por otra parte, un importante informe de 2009 sobre la gestión de los efectos del cambio climático en la salud humana, producido conjuntamente entre The Lancet y la Universidad del London College se refiere al cambio climático como “la mayor amenaza sanitaria global del siglo XXI”. Los investigadores dicen que a medida que el aumento de las temperaturas impacte en las cosechas y la producción de alimentos, hacia el final del siglo la mitad de la población mundial podría enfrentarse a graves penurias alimentarias y a la creciente propagación de enfermedades mortales como la malaria, la encefalitis trasmitida por la garrapata y el dengue. Los autores también ponen el énfasis en la noción de “justicia intergeneracional”, una dimensión crítica aunque no del todo frecuentada en la narrativa del cambio climático. Esta noción no solo desafía las entrecruzadas ideas de los derechos humanos y los derechos ambientales sino que también muestra la variedad de impactos producidos por el calentamiento global como potentes ejemplos de un problema de salud ligado al salto generacional. “La injusticia del cambio climático –con los ricos como causantes de la mayor parte de los problemas y los pobres como los primeros en sufrir la mayor parte de las consecuencias– será la fuente de una vergüenza histórica con la que cargará nuestra generación, a menos que haga algo para solucionarlo”, escriben.
Y después están las consecuencias que el cambio climático está produciendo en la flora, la fauna y los ecosistemas del planeta. Desde el derretimiento del hielo ártico, que amenaza la supervivencia de los osos polares, las morsas, las focas y las aves marinas, hasta la acidificación de los mares, que amenaza a toda la vida marina –incluyendo las barreras de coral, que no solo protegen las costas del daño ocasionado por las tempestades sino que también son el hábitat de innumerables especies–; un planeta que se calienta ya está ocasionando una disminución de la biodiversidad y la extinción de algunas especies.
Dado que Estados Unidos es el segundo emisor de gases de efecto invernadero (después de China), cualquier esperanza de prevenir los peores efectos del cambio climático no solo debe incluir un fuerte compromiso por parte de Washington sino también acciones inmediatas y mensurables. Lo que produce enorme frustración es que todo eso puede hacerse. “Tenemos el conocimiento y las herramientas necesarios para actuar y tratar de mantener el incremento medio de la temperatura dentro de los 2 ºC; esto daría una oportunidad a la Tierra y un futuro a nuestros hijos y nietos”, dice Michel Jarraud, secretario general de la Organización Mundial Meteorológica (WMO, por sus siglas en inglés). “Alegar ignorancia ya no es una excusa para la inacción.” Por supuesto, tiene razón. Pero trate usted de decírselo a los republicanos.

*. También llamado en EEUU el GOP (Grand Old Party), es decir, el Gran Viejo Partido. (N. del T.)
**. El sistema llamado “cap and trade”. (N. del T.)
Reynard Loki es periodista; cubre temas relacionados con la sustentabilidad, la economía sostenible y la innovación social. Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García