martes, 15 de septiembre de 2015

“Es hipócrita ponerle límites a la expresión y no a la pesadilla real”


Esta conversación comienza centrándose en un mercado, el de la historieta, como excusa para hablar del presente, y de su presente: Miguel Brieva acaba de publicar su primera obra larga, Lo que me está pasando, con Reservoir Books, sello del grupo Penguin House-Mondadori orientado al cómic. Después de dibujar cuentos e imaginar un futuro próximo al que asomarse desde el periódico; después de abofetearnos con sus aforismos gráficos, letales desde sus inicios fanzineros; después de quince años en esto de la reflexión humorística en viñetas, le preguntamos sobre cómo ha cambiado el ecosistema en España; sobre cómo, desde el cómic de autor hasta la autoedición, se nos plantea la duda, la crítica: todo es mercado, tema que atraviesa toda su obra previa y también Lo que me está pasando.

Desde la perspectiva que da llevar un cierto tiempo en la pequeña industria del cómic español, y dado tu compromiso y tus principios creativos ligados al fanzine, término que ahora ha mutado a autoedición, ¿cómo ves la evolución del ecosistema fanzinero, sobre todo en lo que tiene que ver con un interés más acuciante por estar que por hacer?
El fanzine y la autoedición son una cosa precursora y artesanal de lo que son ahora las redes sociales. Éstas se han convertido en un escaparate brutal para el narcisismo, para satisfacer la necesidad de reconocimiento; sin duda una cuestión esencial de cualquier labor humana desde el principio de los tiempos. O, por lo menos, desde que se empezó a generar esta idea de individuo tan fuerte. Y es interesante, porque tenemos la cuestión del individualismo, que surge como fenómeno espontáneo de un proceso de pensamiento, pero que ha devenido en una idea prefabricada, adaptada al discurso de mercado, que las nuevas generaciones ya traen consigo.
El fanzine, la autoedición y las redes sociales como herramientas para la gestión del yo, la gestión de la marca personal.
Es la idea que sostienen gurús neoliberales desde hace tiempo, antes incluso de que la tecnología lo facilitara, de que cada uno somos una empresa y tenemos que lograr ser una empresa viable. Ésa es la ideología. La tecnología pone los medios para hacerlo realidad, incluso atractivo.
La idea del “yo como marca” en el mundo del cómic nos lleva desde la autoexplotación hasta los derroteros del merchandising, más naturalizado en terrenos anglosajones. En un presente donde el mercado somos todos, ¿qué caminos nos toca ahora transitar?
En tanto que todo se mueve por dinero, podríamos decir que nada que suceda en esta sociedad puede considerarse, por así decir, limpio. Ocurre que no es lo mismo un señor que tiene una zapatería que Emilio Botín; eso es, quizás, lo importante.
Pero también hay una estructura, una manera establecida de hacer las cosas. Sabemos cómo deberían ser y cómo son en realidad, sobre todo si lo que se quiere es seguir adelante con un proyecto propio en un contexto como el actual.
Ahora, trazar líneas, fronteras inamovibles es, como bien dices, imposible. Estamos todos aquí y estamos todos pringados. Pero, quizá, lo que es interesante es pensar en gradaciones. Esta idea la utilizo para plantear el tema del consumo: es obvio que cualquier tipo de consumo, aunque sea subirte en el transporte público, genera una serie de gastos energéticos que, probablemente, no están bien planteados; no obstante, no es lo mismo consumir sin control que de manera consciente y medida. Quizá en este tipo de mesura esté la clave.
Una idea más decrecentista del día a día.
Bueno, es que el decrecentismo no es tanto una idea como un hecho; uno que sólo los ecologistas han sabido ver. Hasta el Fondo Monetario Internacional ha admitido que es imposible mantener un crecimiento parecido al de principios de este siglo. ¿A qué podemos aspirar en España? Tenemos los nuevos movimientos políticos surgidos recientemente, que tampoco están planteando las cosas que hay que hacer. Están planteando aquello que, más o menos, parece que se puede llevar a cabo y que no asuste a la mayoría de la población. Porque, si llegara una persona sensata –científico, ecologista– y dijera lo que realmente tenemos que hacer, la gente sería incapaz de asumirlo. Como drogadictos del consumo, necesitaríamos un proceso de desintoxicación, uno que no estamos preparados para si quiera plantearnos.
A propósito de tu nueva obra, Lo que me está pasando, donde tocas este, entre otros temas, hacerte la pregunta de rigor: por qué novela gráfica.
Esto es, obviamente, marketing. Es indudable que nunca he hecho una narración de 120 páginas. Es mi primer cómic largo. Desde la editorial negociamos esta cuestión, de ahí la broma a la hora de representar la campaña de comunicación. En el momento en el que te planteas publicar en una editorial de este tamaño, ocurre lo que hablábamos antes: gradúas.
Al calor del 15M, editoriales como Dibbuks o Norma publicaron cómics sobre el tema. Crónicas, impresiones. ¿Crees que hemos llegado al momento de crear relato después de la reflexión, cuatro años después?
Creo que sí. Aquellos cómics salieron justo después del 15M y podría decirse que fueron oportunistas, al igual que se puede decir eso mismo del mío, en el sentido de que nace de una propuesta de la editorial propiciada por las buenas ventas de otras obras críticas, como los cuadernillos de El Roto. Ocurre que coincidió con que yo tenía bastantes ganas de escribir y dibujar una historia larga. Hasta ese punto podría decirse que sí. Sin embargo, creo que estamos viviendo un contexto de cambio cultural más profundo, donde el cinismo ha mudado a un compromiso más visible, a una concienciación, como veo que también ocurre en el contexto musical.
¿Consideras que se trata de una toma de conciencia sólida o circunstancial?
Como todo esto que está sucediendo –la crisis, el decrecimiento– no es circunstancial, no creo que la conciencia lo sea. A no ser que la gente sea totalmente inconsciente. Pero, para que suceda la inconsciencia tiene que haber un vapor embriagador que te sumerja, que es lo que sucedía por ejemplo a principios de este siglo. Pero, ahora mismo, no lo veo… bueno, aunque los móviles podrían considerarse vapor embriagador.
Hay una crítica explícita en tu cómic al respecto…
Si, hay una crítica a todo lo que tiene que ver con el audiovisual. Pero en lo que respecta a los móviles, existe una dependencia de la que no somos conscientes hasta que alguien tiene un accidente con su aparato de turno y descubre que nota su ausencia, que le condiciona. Al hilo de esto, comentarte que estoy trabajando con Ecologistas en Acción en un libro de autoayuda enfocado a cómo salir del consumo. Porque, cuando lo analizas desde el punto de vista de una adicción, el consumo responde a todas las características propias de una enfermedad de este tipo.
Autoayuda como hackeo
Sí, por eso lo hemos llamado ‘socioayuda’. Utilizamos tanto la parte paródica y crítica de la autoayuda, a la vez que aprovechamos la parte de la misma que sabemos que funciona para apoyar a aquellos y aquellas que quieran dejar de consumir.
Una curiosidad: ¿por qué el paso del aforismo a la narración?
Bueno, en realidad Lo que me está pasando tiene truco. Utilizo la estrategia del diario, que escribe el protagonista, que me permite un poco enmascarar el relato bajo el formato de historias breves, que es con lo que yo normalmente trabajo. De todas maneras, tengo dos guiones bastante desarrollados –llevo trabajando en ellos años– que es lo que yo quería hacer, pero la propuesta de la editorial llegó antes e hice esta obra desde cero. Pero, de lo que me he dado cuenta haciéndolo es de que hay emociones, efectos dramáticos, que sólo puedes transmitir en un formato narrativo secuencial y no en un fogonazo, que son las cosas que yo he hecho hasta ahora y que tienen más de gag, de sketch televisivo.
En el aforismo residían las bofetadas, por así decirlo, y ahora en esta propuesta narrativa persiste ese espíritu, pero has variado la estrategia…
Piensa que llevo catorce años trabajando en la misma línea, disparando en todas las direcciones, dejando que las cosas se vayan sugiriendo solas. Había una necesidad de hacer algo distinto. Como cuando hago poesía, que firmo con otro nombre –Marcz Doplacié–. En este caso, para transmitir la sensación de pesadez, de depresión, no veía la manera de hacerlo de la mano del humor, francamente.
Entonces, ¿crees en el relato para generar el cambio de conciencia del que hablábamos hace unos momentos?
Yo trato de empujar en esa dirección. Lo he hecho siempre así. Otra cosa es que trabajar con una herramienta que lo retuerce todo tanto, como es la ironía, la hipérbole, provoque que mucha gente se quede con la sensación de que nada tiene solución. Por eso tenía esta intención, casi de revancha, de hacer pensar con la risa. Y luego está el propósito sanador, que diría Jodorowsky. Lograr sintetizar una sustancia que te depure de esa otra droga que es vivir en este contexto.
He observado que todas las citas con las que empiezas cada capítulo son de señores; de intelectuales varones.
Sí, es cierto. Pero, fíjate que hay una serie de autores que son Pessoa, Chesterton, Kafka, gente en cuya época no había tantas escritoras. Uno sale al campo y recoge mariposas. Si resulta que las mariposas que hay, por las circunstancias que sabemos, son de tíos, pues te encuentras con eso. Es verdad que no hago una lectura desde el punto de vista de la discriminación positiva; es decir, no me planteo que de cada siete libros que lea, cuatro tienen que ser de mujeres como norma. Mea culpa, pero no lo hago.
Te lo preguntaba porque la contraportada la firma Belén Gopegui y me llamó la atención que en el cómic las citas que inspiran al protagonista solo fueran de hombres.
Es un tema jodido porque soy perfectamente consciente de él, pero también sé que los valores intrínsecos al varón son los que han coloreado lo que entendemos por conocimiento, lo que entendemos por creatividad. Éste es el pensamiento legitimado por lo que es lógico que haya más hombres que constantemente estén nutriendo ese magma creativo de conocimientos que mujeres. Y es evidente que hay cada vez más mujeres aportando. Por ejemplo, no está especificado con una cita, pero sí está presente en el cómic el ensayo de Almudena Hernando, La fantasía de la individualidad y sus reflexiones sobre los cuidados.
¿Ha influido la paternidad en tu creatividad?
Ha influido colateralmente. No me ha cambiado a un nivel metafísico, no me ha empujado a ver la realidad desde otra perspectiva, porque siempre he sido muy consciente de ella. Pero encarnando la paternidad sí descubres el esfuerzo tan brutal que significa y, por tanto, el mérito que tiene y el reconocimiento social que habría que darle a los cuidados. Y cómo es una cuestión que está invisibilizada cuando, en realidad, es lo único importante.
Al hilo de estas responsabilidades, ¿se puede dibujar todo?
Sí, es fundamental. Para mí lo importante es que no se puede hacer todo, pero sí se puede pensar y elucubrar sobre todo. Es un modo de exorcismo o de válvula de escape, si se quiere. Desde un punto de vista censor, la obra del Marqués de Sade tendría que haber sido destruida. Habríamos perdido su legado y la influencia que él mismo ha tenido en muchos autores posteriores, y en la propia concepción de la idea del yo que se ha ido construyendo a lo largo del tiempo, desde el psicoanálisis, etc. Las ideas y las creaciones han de ser sagradas. Luego podemos entrar en el tema del gusto, pero la expresión no debería tener límites. Lo que es muy hipócrita es ponerle límites a la expresión y no a la pesadilla real. Yo prefiero ponerle límites a lo real, a los hechos, y no a las ideas.  
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