sábado, 26 de marzo de 2016

¿Qué le pasa y qué nos pasa con el precio del petróleo?

Para explicar la evolución del precio del petróleo hay que recurrir a múltiples elementos que hacen que la dinámica sea compleja y para nada obvia.

Luís González Reyes

¿Está barato el petróleo?
Si respondemos a esta pregunta mirando a las cotizaciones del petróleo actuales (rondando los 30 dólares del barril), la respuesta sería más bien positiva. Pero si abrimos la escala temporal la respuesta no es tan clara.


Entre 1900 y 2005, si descontamos las dos crisis petroleras de los años setenta, que se produjeron por decisiones políticas, el precio del petróleo ha tenido dos características: ha sido barato (se ha movido aproximadamente entre 20 y 30 dólares el barril a precios actuales, es decir, con la inflación corregida) y estable (sin fluctuaciones apreciables descontando esas dos crisis petroleras).
Pero, desde 2005 el petroleo ha oscilado fuertemente y se ha movido en precios notablemente mayores. Entre 2005 y 2008 subió hasta alcanzar unos 140 dólares/barril. Después se desplomó llegando a unos 45 dólares/barril en 2009. Hasta 2011 volvió a subir. Entre 2011 y 2014 osciló entre 100 y 120 dólares/barril. Finalmente, bajó hasta la situación actual.
¿Qué explica el cambio en el patrón de comportamiento del precio del petróleo y la situación actual?
Para explicar la evolución del precio del petróleo hay que recurrir a múltiples elementos que hacen que la dinámica sea compleja y para nada obvia. Entre ellos, nos vamos a centrar en los geológicos y financieros, por considerarlos los más importantes actualmente, lo que no excluye que existan otros.
El cambio de patrón en el precio del petróleo se produjo en 2005 y en 2005 se alcanzó la capacidad máxima de extracción del petróleo convencional. El pico del petróleo convencional.
El petróleo convencional es el que es más fácil extraer y tiene mejores prestaciones. Supone la inmensa mayoría del petróleo extraído a nivel histórico y, todavía hoy, es el 85% del explotado. El no convencional es el que está en aguas ultra-profundas, en el ártico, el embebido en rocas poco porosas que hay que romper mediante técnicas como la fractura hidráulica (fracking), las arenas bituminosas de Canadá o el petróleo extra-pesado de Venezuela. Para que la explotación de los no convencionales sea rentable, el precio del petróleo debe estar en torno a los 80-100 dólares/barril, pues su coste de extracción es alto.
El pico de una sustancia no renovable es el momento a partir del cual empieza a descender la capacidad de extraerla. En la explotación de un recurso minero la primera fase tiene forma de curva ascendente. Es una etapa en la que cada vez se puede extraer más cantidad. En esta fase se encuentran los yacimientos más accesibles y grandes y, con la experiencia acumulada, se explotan otros de forma sencilla. Pero, inevitablemente, llega un momento en el que la extracción empieza a declinar. Este momento coincide, 'grosso modo', con la mitad de las reservas. El punto de inflexión es el 'pico de la sustancia'. Durante la segunda mitad de la curva de extracción, el recurso podrá conseguirse en cantidades decrecientes, será de peor calidad (puesto que primero se explotan los mejores) y más difícil de conseguir (ya que al principio se eligen los emplazamientos de más fácil extracción y de mayor tamaño, y además, la segunda mitad de las reservas de un recurso siempre son más difíciles de sacar que las primeras). También requieren del uso de técnicas más contaminantes y, por lo tanto, de más medidas paliativas. De este modo, una vez sobrepasado el pico del recurso, lo que resta es una extracción decreciente, de peor calidad y más difícil técnica y energéticamente. Todo ello implica una tensión hacia al aumento del precio del petróleo, salvo importantes reducciones en la demanda, hasta chocar con el techo de precio asumible económicamente (lo que abordaremos más adelante).
El pico del petróleo también implica una menor capacidad de controlar el flujo puesto en el mercado y, por lo tanto, una mayor facilidad para especular con él y con ello exagerar más las fluctuaciones de precios. Esta posibilidad especulativa se ha visto incrementada mucho fruto de las políticas de fuerte desregulación de los mercados financieros, la mayoría de las cuales sigue vigente después de la crisis financiera que se inició en 2007. Es decir, que el escenario pospico es de precios fluctuantes y alcanzando cotas más altas. Es lo que vivimos desde 2005.
El 'bajo' precio del petróleo a día de hoy responde, al menos, a tres factores. Por un lado, la oferta de líquidos combustibles que se engloban en la categoría de petróleo ha aumentando (el pico todavía es solo de petróleo convencional). Esto se ha debido, sobre todo, al incremento de la fractura hidráulica en EEUU y a la extracción de arenas bituminosas en Canadá. Si medimos este aumento en energía neta que se proporciona a la sociedad (que es lo que debería importarnos) el incremento no es tal, ya que son petróleos que requieren mucha más energía para su extracción y refino que los convencionales. Pero, como el único indicador que manejan los mercados es el del volumen, da la impresión de un incremento de la oferta. En todo caso, desde 2015 la extracción de petróleo de EEUU se está desplomando por la retirada masiva de inversiones en empresas de fracking.
Para explicar este aumento de la oferta es necesario responder a cómo es posible que los precios del petróleo estén por debajo del coste de extracción en muchos lugares del mundo y esta siga produciéndose. En lo que concierne a las empresas privadas, esto es especialmente patente en las de fracking. La clave no está en el campo productivo, sino en el financiero. El negocio no estaba en la venta del petróleo, sino de los activos financieros. A estas empresas les ha compensando sostener estos déficits porque han podido apuntarse un aumento de sus reservas de hidrocarburos y aumentar de forma sostenida la extracción. Esto les ha hecho subir en bolsa y cosechar importantes beneficios financieros. Desde 2010, el sector se convirtió en un fuerte atractor de inversiones, lo que empujó aún más sus acciones, generándose una burbuja especulativa. A pesar de las pérdidas en el apartado productivo, la perforación de pozos continuó para sostener el flujo de petróleo y, con él, el precio de las acciones. Esta burbuja empezó a estallar en 2015.
En el caso de las empresas públicas, hay varios factores que explican el sostenimiento de la extracción a precios ruinosos. Probablemente, los más importantes sean el intento de mantener la cuota de mercado y de no rebajar aún más los ingresos a corto plazo, pues la situación económica y social es complicada para muchos (Venezuela, Rusia, Brasil, Arabia Saudí).
El segundo factor es la demanda. La Gran Recesión, que comenzó en el 2007-2008, persiste. Entre los estados emergentes, Brasil y Rusia están en una fuerte crisis y China está reduciendo de forma muy importante su crecimiento (probablemente bastante más de lo que muestran las cifras oficiales). La UE y Japón no han conseguido salir del letargo económico. EEUU es el que tiene un comportamiento algo más dinámico, pero sin cifras realmente importantes. Un indicador claro de que nos encontramos en un escenario de crisis es que el comercio internacional está en niveles menores incluso de los alcanzados en 2008 (en el estallido de la Gran Recesión). Por lo tanto, un aumento de la oferta (aparente) y un descenso de la demanda implican una presión a la baja sobre los precios.
El tercer factor es la especulación. El petróleo, como el resto de materias primas, se negocia en los mercados financieros. En bolsas como las de Chicago y en transacciones privadas en los mercados OTC. La OPEP no pone los precios del petróleo, sino que intenta regularlos colocando más o menos crudo en el mercado. Como con cualquier otro activo financiero, con los derivados el petróleo se puede obtener beneficio cuando su valor sube (eso parece obvio), pero también cuando su valor baja. Un mecanismo habitual para este segundo caso es el 'alquiler', por ejemplo de futuros de petróleo, a un precio relativamente alto. Después, se ponen en venta esos futuros y se recompran más baratos obteniendo con ello un beneficio. En muchos mercados financieros esta operación se puede hacer incluso, por increíble que parezca, sin tener los activos (se dice que se van a vender, se provoca una baja del precio por un aumento de la oferta y se compran después más baratos). Es decir, que el 'desequilibrio' entre oferta y demanda se ve incrementado por la especulación.
¿Cuál puede ser la evolución futura del precio del petróleo?
Probablemente, el precio del petróleo siga fluctuando de forma fuerte en el futuro marcando el ritmo del recrudecimiento de la Gran Recesión en las subidas y permitiendo leves (y ficticias como veremos) recuperaciones en las bajadas. Esto sucederá durante unos cuantos años.
La siguiente fase podrá ser la de un precio elevado y estable. Sucederá cuando exista una escasez de crudo manifiesta y sostenida, a no ser que el desplome económico haya sido tan mayúsculo que la demanda sea muy pequeña. O, dicho de otro modo, esto sucederá cuando el petróleo deje de ser el motor energético de la economía y se parezca más a un artículo de lujo.
¿Qué implicaciones tiene un precio del petróleo alto?
El crecimiento es indispensable para el funcionamiento del capitalismo. Entre los factores para que exista el crecimiento, la disponibilidad abundante de energía barata es central. Por eso, la energía útil usada directa o indirectamente para generar un producto o servicio y el PIB tienen una correlación casi lineal. Y, hablar de energía actualmente es hablar de los combustibles fósiles (suponen alrededor del 90% de la energía comercializada en el mundo). Entre ellos, el papel del petróleo es absolutamente central, sobre todo en sectores tan estratégicos como el transporte, la industria petroquímica y la explotación de otras fuentes energéticas renovables y no renovables.
La correlación entre energía y crecimiento se debe a varios factores que se derivan de que, simplemente, no hay actividad económica sin energía:
    1.    La disponibilidad energética es un elemento central del aumento de la productividad, al permitir que una persona genere más bienes por hora gracias el uso de máquinas.
    2.    La subida del precio del petróleo implica que los costes de las materias primas, los productos manufacturados y el trasporte aumenten. Para intentar controlar la inflación, los bancos centrales suelen aumentar el precio del dinero, lo que tiende a limitar el crecimiento por falta de crédito.
    3.    Este crecimiento de los precios, así como la bajada en la productividad, retrae el consumo en un escenario de crisis (paro, reducción salarial), lo que incentiva más la recesión.
    4.    La relación entre el precio de la energía y el crecimiento también estriba en que los costes de extracción de los combustibles fósiles han estado notablemente por debajo de su valor económico, lo que ha permitido una etapa de crecimiento irrepetible.
    5.    Con un alto precio de la energía, que es un gasto imposible de soslayar, simplemente queda menos dinero para desarrollar otras partes de la economía. La demanda total cae y la capacidad de inversión también. Además, este incremento de la factura energética no producirá más energía y materiales.
    6.    En la medida que un territorio sea un importador de energía, esto también supondrá un empeoramiento de la balanza comercial y una mayor dificultad para encontrar financiación.
    7.    Sin energía barata no hay transporte global, lo que reduce las posibilidades de una economía de escala y una alta especialización, que son elementos centrales del crecimiento.
    8.    La energía abundante y barata es la que genera confianza en todo el sistema y permite la creación de dinero y deudas con la expectativa de que podrán ser recuperadas en el futuro.
De este modo, hay un precio del petróleo a partir del cual se dispara la recesión en el capitalismo fosilista. Para EEUU, el umbral parece estar con un barril de petróleo a 120-130 dólares/barril. En todo caso, la cifra no es estática y depende de la estructura productiva del país y del grado de complejidad (a más complejidad, más barato tiene que ser el petróleo). Por ejemplo, fruto de la deslocalización de la industria más consumidora de energía a las regiones emergentes, el umbral en las centrales ha subido y el de las receptoras de esta industria bajado (se pueden permitir una menor factura energética antes de entrar en crisis).
¿Y bajo?
Entonces, si la energía barata es un requisito básico para el crecimiento, un barril a 30 dólares debería ser una buena noticia.
Pues no. Hubiera sido una buena noticia en 2001 (y por supuesto antes), cuando las compañías petroleras requerían un barril a 9 dólares para cubrir costes, no en 2016, cuando ese guarismo puede alcanzar incluso los 120 dólares. Esto se debe a que los costes de extracción han aumentado mucho fruto de haber pasado el pico del petróleo convencional. En Arabia Saudí rondan los 25 dólares/barril, los 30 dólares/barril en Iran e Irak, 60 dólares/barril en Venezuela, 70 dólares/barril en México y China, 90-100 dólares/barril en EEUU y 120 dólares/barril en Canadá.
Además, la rentabilidad de las inversiones es decreciente: en 1998-2005 la industria petrolera gastó 1.500 millones de dólares en exploración y extracción, consiguiendo 8,6 Mb/d adicionales. En 2005-2013, el gasto fue de 4.000 millones de dólares y la ganancia de 4 Mb/d.
A esto se suma que cada vez es más difícil conseguir inversiones por factores como:
    ▪    La viabilidad de las compañías depende más de su atractivo especulativo que productivo (del valor de sus acciones). De este modo, las empresas desvían las inversiones a actividades como la recompra de sus acciones para sostener el valor, en lugar de a la construcción de nuevas plantas, el mantenimiento de la infraestructura o el desarrollo de nuevos campos. Esto, lejos de ser una coyuntura pasajera, es un imperativo del mercado.
    ▪    En los últimos años, los impuestos sobre la actividad petrolera han crecido considerablemente en la mayoría de los países extractores y no es probable que esto cambie conforme avanzan sus problemas fiscales.
    ▪    Los costes también aumentan por el incremento de accidentes fruto del cambio climático y de la menor accesibilidad de los recursos.
Todo esto se plasma en una desinversión. Acoplada a la caída del precio del petróleo entre 2008 y 2009, disminuyó la inversión en explotación hasta un 20%. Ahora está sucediendo lo mismo: la inversión en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos se redujo un 15% en 2014 con respecto a 2013, y un 20% en 2015 con respecto al año anterior. Esto se traduce en que, a nivel mundial, han descendido las cabezas perforadas en un 50% desde que se inició el descenso de precios actual.
A estos problemas se añade que el sector petrolero está fuertemente endeudado (unos 500.000 millones de dólares en 2015), lo que no solo dificulta enormemente llevar a cabo nuevas inversiones, sino que está llevando a la quiebra a numerosas empresas del sector, empezando por las centradas en la explotación del petróleo de roca poco porosa mediante fracking y las arenas bituminosas. 81 empresas de servicios y yacimientos petrolíferos se declararon en quiebra en 2015.
Esta situación afecta también a las compañías estatales. Muchas de ellas arrojan pérdidas significativas (Pemex, Statoil, Petrobras). Además, como la economía de sus países matrices depende en gran medida del crudo (90% de los ingresos estatales en Arabia Saudí) y han aumentado mucho sus gastos, el precio mínimo para cuadrar las cuentas estatales es alto. En el caso de Arabia Saudí, este precio mínimo ronda los 100 dólares/barril, en Venezuela se sitúa en 120-150 dólares/barril. Ante esta situación, algunos sectores están apostando por abrirse a la inversión extranjera y a las tecnologías de las compañías privadas (México, Venezuela, Brasil, Argentina, Bahréin, Libia, Irán, Noruega e incluso Arabia Saudí) para sostener el ritmo de extracción. Pero, las grandes multinacionales del petróleo, las inversoras naturales, están realizando el movimiento contrario.
Por si esto fuese poco, reactivar la extracción no es algo sencillo y que se lleve a cabo automáticamente conforme suben los precios. Primero por la degradación de la infraestructura, segundo por los altos costes económicos y temporales requeridos (que necesitan a su vez una estabilidad en los precios) y tercero porque será más difícil que los/as inversores/as vuelvan a confiar en la rentabilidad del petróleo tras un desplome.
De este modo, la mezcla entre desinversión y quiebra de empresas que deja el escenario de bajos precios del petróleo augura un futuro con una cantidad de petróleo disponible que bajará más rápido que la disponibilidad geológica. Este análisis probablemente es el que esté detrás de las recientes caídas de los mercados financieros con a la bajada del precio del petróleo. Antes de 2005, los mercados hubieran subido con un descenso en los precios del crudo.
¿No pueden hacer nada los Gobiernos?
Es verdad que los Estados y las economías, sobre todo centrales, tienen cierto aguante. Poseen una (relativa) capacidad de pagar altos precios del crudo durante un tiempo, como muestra que, tras el pico de precios que desató, con otros factores, la Gran Recesión, la economía se recuperó ligeramente, a pesar de que los precios se mantuvieron altos hasta 2014. Esto se consiguió gracias a una inyección masiva de dinero en el sistema mediante la “relajación cuantitativa”, que ha sostenido la capacidad de compra de la población, los Estados y, sobre todo, las empresas (además de hinchar la burbuja del fracking). Pero esta es una política que no es sostenible en el tiempo. Por una parte, porque no parece muy razonable bajar los tipos de interés por debajo de 0, que es donde básicamente están. Por otra, porque el dinero ficticio creado necesita espacios donde invertir para que pueda reactivar la economía, lo que cada vez es más difícil. Y, lo que es más importante, no se pueden imprimir barriles de petróleo y, sin energía barata, la economía financiera no podrá sostener todo el entramado.
También se puede argumentar que ya se han vivido situaciones de carencia de combustibles, como durante la II Guerra Mundial o en las crisis energéticas de los setenta, y que en ningún caso las economías llegaron a colapsar. Pero, en las crisis de los setenta el desajuste entre oferta y demanda fue del 5-7% y solo duró unos pocos meses. El escenario en el que estamos es de una alta volatilidad, con picos que podrán ser superiores a los 150 dólares/barril y un desfase entre oferta y demanda creciente, que podrá llegar al 70-90%.
Todo ello genera un escenario en el que no habrá posibilidad de escapar al colapso de la economía fosilista.

Fuente: - eldiario.es