lunes, 12 de octubre de 2015

Nosotros, los hijos de Eichmann


Nosotros, independientemente de en qué país industrializado vivamos, e independientemente de la etiqueta política que éste ostente, nos hemos convertido en criaturas de un mundo tecnificado.

Porque el triunfo de la técnica ha hecho que nuestro mundo, aunque inventado y edificado por nosotros mismos, haya alcanzado tal enormidad que ha dejado de ser realmente ‘nuestro’ en un sentido psicológicamente verificable. Ha hecho que nuestro mundo se ya ‘demasiado’ para nosotros.
Lo que en adelante podemos hacer es más grande que aquello de lo que podemos crearnos una representación; que entre nuestra capacidad de fabricación (ilimitada) y nuestra facultad de representación (limitada) se ha abierto un abismo.
Y lo que es válido para la ‘representación’, vale en la misma medida para nuestra ‘percepción’; en el momento en que los efectos de nuestro trabajo o de nuestra acción sobrepasan cierta magnitud, comienzan a tornarse oscuros para nosotros. Cuanto más complejo se hace el aparato en el que estamos inmersos, cuanto mayores son sus efectos, tanto menos tenemos una visión de los mismos y tanto más se complica nuestra posibilidad de comprender los procesos de los que formamos parte o de entender realmente lo que está en juego en ellos.
Nuestro mundo actual en su conjunto está en camino de convertirse en una máquina. No solamente porque hay tantas máquinas y aparatos (políticos, administrativos, comerciales o técnicos) o porque estos desempeñan un papel tan determinante en nuestro mundo. Sino porque el mundo entero se está subordinando a la razón de ser de todas las máquinas, esto es, el principio de máximo rendimiento.
Todas y cada una de las máquinas necesitan mundos alrededor que garanticen este máximo. Y lo que necesitan lo conquistan. Cada una de las máquinas necesita un 'imperio colonial' de servicios (compuesto por personal auxiliar, de servicio, consumidores, etc.) que a su vez se basa en este principio de máximo rendimiento.
La sed de acumulación de máquinas es insaciable. En este proceso, las máquinas arrinconan como carentes de valor y nulos todos aquellos fragmentos del mundo que no se pliegan a la co-maquinización por ellas exigida; o expulsan y eliminan, como si de desechos se tratara, a quienes, incapaces de prestar servicios al imperio de las máquinas amenazan esta expansión.
La máquina original se expande y se convierte en la 'megamaquina'. Y esto, el mundo en tanto que máquina, es realmente el estado técnico-totalitario al que nos dirigimos.