La Patagonia hay que amarla, no basta con quererla






Por Patricio Segura Ortiz Periodista
 


Camino por las calles de la ciudad.  De nuestro, de mi Coyhaique, que 8 décadas desde su fundación cumplió el último 12 de octubre.  Jovencita tierra ésta, si pensamos la edad de un territorio a la luz de lo que se entiende como la llegada de la civilización.  Debo expresar, en todo caso, lo incómoda que me ha sido siempre esta última palabra. Civilización.

Aún recuerdo hoy cómo titulé en las páginas centrales de El Diario de Aysén una crónica sobre el aniversario de Coyhaique (en el resto del mundo conmemorado como Día de la Raza, de la Hispanidad e incluso con el eufemístico nombre de “Encuentro de Dos Mundos”) hace ya 14 años, recién llegado, recién parido a la vida de esta Patagonia austral: “El día en que Juan Foitzick derrotó a Cristóbal Colón”.  Fue la forma de dar cuenta de la sorpresa sin crítica, sin cuestionamiento, que me generó aterrizar en esta Trapananda y sentir que mucho de lo aprendido durante pretéritos años escolares en nortinos pagos tenía acá otra dimensión.
Que se podía jugar con las estalactitas de hielo (es más, que sí existían) que cuelgan de los aleros de las casas en los más crudos inviernos.  Que alguien con un hacha en el patio no está cortando leña (como había oído muchas veces por televisión en tanta película extranjera), la está picando.  Que cuando hace mucho frío, de ése de la putama’re que congela hasta el calor, no hay tres, no hay cuatro, no hay cinco “grados bajo cero”, sino simplemente “tres”, “cuatro”, “cinco”, porque está demás mencionar lo obvio.  Que el che dicho al pasar y al final de una frase (y que el uso cotidiano convierte en un esquivo “ch”), es parte del alma misma de esta patria chica y su gente, resistente a las variopintas razias extirpadoras de la identidad que el poder centralista, republicano y de un chilenismo mal entendido y prepotente ha ejercido en las más diversas épocas.
La Patagonia no es sólo un lugar.  Tampoco un simple territorio.  Es un sueño, el sueño de quienes creen que se puede hacer vida en esta tierra austral y que la quieren comprender sin destrozar lo que aflora de sus entrañas.  Que hablan maravillados y con orgullo de sus dones y de sus habitantes, de nosotros, y que no se amilanan cuando el nortino escucha sus historias como si de Heidi bajando de la montaña se tratara.  Que se entristecen cuando dirigentes de distinto pelaje dejan entrever que vivir en este suelo es una desgracia y que lo único realista fuera ponerle candado y venderla al mejor postor.  Palabras que no son justificables ni siquiera usando como argumento las necesidades de quienes menos tienen, situación que no es culpa de este clima, esta geografía o este aislamiento, sino responsabilidad justamente del modelo de desarrollo que ha abrazado Chile, y que nos siguen machacando al rematar día a día los bienes comunes de esta pródiga querencia.
Hace 14 años llegué  a este Aysén.  Hace 14 años, cuando un terremoto blanco se enseñoreaba en este lagar que exprime y exprime, pero así como exprime fortalece el corazón.
Y en estos años he aprendido que Aysén no es una despensa. No puede ser la alacena de quienes quieran usarla, junto a su gente, sólo para buenos negocios, sólo para hacer carrera (política, funcionaria, académica). 
Porque Aysén tampoco no es un trampolín.  Es la última estación.  Es la estación de todos quienes hemos decidido que sea éste nuestro lugar, y sus habitantes nuestros compañeros de ruta.
¿Habrían hecho lo que hicieron en el litoral los dueños de la industria salmonera si lo habitaran ellos y sus familias como lo hace el pescador artesanal?
¿Habrían depredado los bosques como lo han hecho los patrones de las forestales si en su existencia en estado original se les fuere la vida?
¿Plantearían lo que plantean los ejecutivos de las empresas eléctricas si junto a sus hijos vivieran en los parajes que pretenden depredar?
Lo dudo, de verdad que lo dudo.
En estos días en que se habla del país unitario que es Chile (que, en todo caso, es una simple construcción cultural, y como tal cambiable, modificable), residencias más, residencias menos, claro que no se puede elegir nacer.  Pero lo mínimo que se puede exigir al que llega es amar esta tierra y respetarla.  Amar y respetarla junto a su pueblo, junto a su cultura, junto a su identidad.  A valorizar lo nuestro.
Cuando se cuestiona el incipiente regionalismo, tildándole de excluyente, tiendo a pensar que no hay gran diferencia entre ser nacido y criado, y venido y quedado.  Pero sí que la hay entre ser de la Patagonia y estar en la Patagonia.  Y eso es fundamental.
Día a día pienso en tal distinción al toparme en la plaza, en la calle, en los actos, en los carteles y en los afiches, con quienes quieren Aysén, pero al parecer no lo aman. 
Y eso se nota.  Se nota con las conclusiones de más de un tercio de los servicios públicos que evaluaron el estudio de impacto ambiental de HidroAysén diciendo que éste carecía de información fundamental para ser evaluado. Y pidieron aplicar el artículo 24 del reglamento del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, que alude al rechazo de los proyectos porque se dan precisamente tales condiciones. 
Gigantescas represas destruyendo sus ríos y torres de alta tensión cruzando media Patagonia y medio Chile, sobre nuestras cabezas, no se anclan en el amor por este territorio, nacen del más pernicioso de los sentimientos humanos: la codicia.  La codicia que sí existe, como lo gritara Obama, como lo clamara Bachelet.  Y es la codicia la que les hace venir tan lejos. Y es la codicia de poder, del poder que controla, la que permitió que este estudio siguiera en evaluación.
Y hoy, 20 de octubre, HidroAysén debe responder a preguntas que no tienen respuesta.  Porque la institucionalidad ya dijo lo que tenía que decir, y si este proyecto aún resiste es sólo por el poder del dinero y el lobby, y no por la fuerza de las razones y los argumentos.
Sí, podrán instalar carpas, pagar insertos y auspiciar a toda la región.  Podrán regalar becas, chaquetas y giras de estudio.  Podrán comprarlo todo, pero eso sólo significará que están en Aysén.  Y si me apuran un poco, que viven en Aysén. Pero nunca serán de Aysén.  Porque son portadores de un pecado original, y ése es que están en esta tierra y no la aman.  Sólo la quieren.  La quieren depredar.
Y cuando ya no quede más nada en esta hacienda, otro suelo irán a expoliar.

http://www.eldivisadero.cl/noticias/?task=show&id=19442

Entradas populares de este blog

Vienen por nuestro litio con la excusa del auto eléctrico y la defensa del ambiente

Patagonia Argentina: Las represas en el Río Santa Cruz amenazan al Glaciar Perito Moreno

La enorme 'huella ecológica' de 163 millones de perros y gatos en EEUU