martes, 5 de abril de 2016

Reducir el consumo, mantener la vida

No es posible el crecimiento continuo en un planeta limitado. Cada vez es más claro que estamos superando muchos límites ambientales, por lo que la única estrategia que parece viable a medio y largo plazo es la del decrecimiento. No hablamos de un concepto en negativo, sería algo así como cuando un río se desborda y todos deseamos que ‘decrezca’ para que las aguas vuelvan a su cauce. Cuanto antes seamos conscientes de la necesidad de desprendernos de un modo de vida inviable, mejor para todos y para el planeta.

La lógica del mercado prioriza la obtención de beneficios y la acumulación. En los mercados capitalistas, la obligación de acumular determina las decisiones que se toman sobre cómo estructurar los tiempos, los espacios, las instituciones legales, el qué se produce y cuánto se produce. En la sociedad capitalista no se produce lo que necesitan las personas, sino lo que produce lucro, por ello, en nuestra sociedad da igual producir cebollas o armamento con tal de que dé beneficios.
Una transición a la sostenibilidad requiere frenar, disminuir, reducir el consumo. Este cambio de mirada implica realizar una reflexión y debate profundo sobre las necesidades. No es sostenible posponer los cuerpos, las emociones, el sexo o el cariño a la acumulación de objetos y deudas. Las necesidades emanan de la interrelación entre la persona, el medio y el resto de personas y no de las multinacionales que fabrican objetos y servicios y los imponen para satisfacer supuestas necesidades. Colocar el mantenimiento de la vida en el centro supone minimizar el consumo desbocado.
El decrecimiento pretende “aprender a producir valor y felicidad, pero reduciendo la utilización de materia y energía”. Se pretende salir de un modelo económico que nos hace dependientes, redefinir la idea de riqueza, entendiéndola como satisfacción moral, intelectual, estética, como un empleo creativo del ocio…

Extraído del artículo Decrecimiento: camino de la sostenibilidad de Pepa Gisbert y de la editorial en la revista El Ecologista nº 55