lunes, 27 de septiembre de 2010

El arca de Noé






Gustavo Duch
Rebelión

Conferencia en el Seminario Biodiversidad y Pobreza. IPADE. Madrid, 23 de septiembre de 2010.


Antes de nada quería agradecer la invitación y pedir disculpas. Sí, porque conozco la seriedad del evento, la calidad de todas las personas participantes en las diferentes sesiones y el celo que la organización ha puesto en todas las actividades, pero yo… les voy a contar un cuento de fantasmas.
EL ARCA DE NOÉ
El mundo, y toda su complejidad, se subieron a una barca para salvarse del tremendo aguacero anunciado. Muy sabio sería Noé para no dejarse un ejemplar de cada especie, desde luego. Pero lo hizo bien.
Sus manos rebuscaron por los suelos y por eso disponemos desde entonces de lombrices arrugadas y cegatas que de escondidas viven, y nos dan la vida. Tragan y digieren para fertilizar –gratis, saludable y sosteniblemente- los suelos campesinos. Cargo con buena paciencia en el arca pequeños frasquitos dónde almacenó semillas de abedules, perales, lechugas, trigo, aguacates, olmos, encinas, secuoyas, frijoles, maíz…Y parejas de todo aquello que tuviera patas, alas o raíces. Junto con el Arca y su completo inventario se salvaron los animales marinos. Fueron atunes -rojos y gigantes- algunos de los primeros peces pescados que sirvieron de alimento a los seres humanos. Aprendieron sus rutas y como acorralarlos.
Bastantes años después del chaparrón las condiciones ambientales volvieron a revolverse. Nació del vacío, un huracán globalizador que avanzaba al ritmo de desregulaciones, privatizaciones, liberalizaciones y cosas así. Fue el caldo perfecto, la sopa mágica, el big bang propicio, para el nacimiento de una nueva especie que vino a compartir el planeta con todos nosotros y nosotras: las transnacionales de la alimentación.
En sus primeros años se amamantaron de la guerra que hacíamos los seres humanos. Vendían químicos o insecticidas muy útiles para esas malas artes. En su pubertad, estos monstruitos, se hicieron caníbales, y engordaron deglutiendo pequeñas empresas locales de semillas, de fertilizantes o de maquinaria agrícola. Se atragantaban también fagocitando a los servicios públicos de cada nación que, por ejemplo, hasta entonces, custodiaban las semillas. Ya con todo el pelo sobre la piel siguen sin dejar de crecer, con una dieta aburrida a base de pequeños seres dedicados al cuidado de la tierra, del mar, de los bosques.
Y nadie dijo nada. Y quien dijo algo dijo que estas corporaciones son necesarias, eficaces y consiguen aumentar la productividad. [Dichosa palabrita]. Tan productivas serán que hoy bajo su dominación, comemos más que nunca, tiramos más comida que nunca, comercializamos más comida que nunca. Permítanme unos ejemplos:
Las lluvias cada vez fueron más variables, menos oportunas y más inoportunas. Sus rocíos se sustituyeron por riegos de pesticidas, fitosanitarios, agrotóxicos, fertilizantes… ¿Cuándo les picó por última vez una abeja? ¿Cuándo vieron por última vez aquella mariposa con crin de caballo en las alas? ¿Sus hijas, hijos conocieron a la mantis religiosa en directo, o sólo en los documentales de la tele?
La alimentación rápida, mala e insana, se ha impuesto en un mundo con los valores cambiados. Comer poco a poco, masticar casi hasta que se hace bola, una buena digestión y un buen provecho, alimentos de calidad… son valores sin valor de mercado. Para satisfacer estos nuevos gustos se busca una marca de vaca, que engorde mucho y rápido. Las vacas autóctonas, rústicas, adaptadas a diferentes ecosistemas no pueden jugar en esa división. El Catálogo Oficial de razas de ganado en España del 2008 señala que el 81% de las 177 razas locales registradas se encuentra en riesgo de extinción.
Las pobres vacas ‘galácticas’, han aprendido a comer con cuchillo y tenedor ensaladas de soja sudamericana. Los campos de soja transgénica, en un año, son responsables de más pérdida de bosques y selvas –y toda su biodiversidad- que la que cabría en un campo de fútbol del tamaño de Catalunya. El campesinado que vivía en esos lugares cultivando patatas, hortalizas o maíz, no le queda otra que aspirar a hamburguesas baratas en la cola del paro de la ciudad más cercana. Hamburguesas que no podrá pagar.
Se consume más atún que nunca, las despensas siempre guardan varias latas de atún. Es decir, se matan más atunes que nunca. Algunos engordados en granjas marinas con pezqueñines capturados con esquilmadoras técnicas de arrastre, que no aprendieron en la escuela a diferenciar entre churras y merinas, entre sardinas y tortugas. Todo para el beneficio de los comerciantes con Japón. Los pocos ejemplares de atún rojo que siguen en libertad, viajan pegaditos al fondo marino -en silencio y disimulando-. Sus hermanos, los atunes del Índico, lo tienen también muy complicado, porque los espían con aviones y satélites. En esas costas también hay pescadores artesanales, más cuidadosos y menos ambiciosos, pero ellos no pueden pescar. –Dicen- que tienen patas de palo y un parche en el ojo.
Como son superproductivas, algunas corporaciones han diseñado nuevos usos a los productos agrícolas. En Indonesia, Colombia u Honduras (que por eso cambia de estado civil con tanta frecuencia) se favorece la monobiodiversidad. Monocampos de palma africana y con su aceite se alimentarán los coches, se hará queso untable o chocolate para tomarse un respiro. En Uruguay, los monocampos sustituyen bosques milenarios por ejércitos de eucaliptos: verdes y en fila india. Siempre dispuestos a servir a la patria. Ese es su papel. Monocampos que acaban con grandes monos. Como el orangután o como una especie cercana más evolucionada, el homo agricultor.
Con los productos vegetales, y ‘para asegurar la calidad y homogeneidad de los productos’ se ha privilegiado el cultivo de unas muy pocas especies de tomates, manzanas o lechugas –como las insípidas iceberg-. No las más sanas, ni las más sabrosas. Se han seleccionado las más aptas para su comercialización, las de un color más atractivo, las de mayor resistencia al embalaje. Igualmente, los alimentos de origen animal tienen un origen genético muy homogeneizado e uniformizado. El que interesa al mercado. Tan sólo cuatro empresas proveen la mayor parte de la genética animal del mundo.
Otra vez, en aras de la productividad, los trigos del mundo han quedado reducidos a muy pocos: si en 1859 disponíamos de 1.300 variedades de trigo, una arriba una abajo, ahora apenas quedarán unas 80, y muchas menos de ellas serán las utilizadas. En aras de la productividad… financiera, el trigo sustituye al maíz de México y lo convierte en un país vulnerable, el trigo sustituye numerosos cereales propios de la dieta africana y hace de Mozambique un país hambriento. Lo llaman crisis alimentaria, pero el capital no deja de multiplicarse. Lo llaman crisis de la agrobiodiversidad, pero el capital no deja de reproducirse.
¿Cómo se las ingeniará Noé para salvar a nuestro planeta?
Y nada más, lo dicho inicialmente, disculpas y ya saben: los cuentos son mentira, y los fantasmas no existen.



www.loquehayquetragar.wordpress.com
www.soberaniaalimentaria.info
Fuente: http://gustavoduch.wordpress.com/algunas-conferencias/pobreza-y-biodiversidad/