Chile: La despedida final del desierto de Atacama
Hay que cruzar una barrera de Camanchaca para salir de Antofagasta y dejar el mar atrás. La Cordillera de la Costa descansa un sueño mineral, como guardiana del desierto absoluto. El farellón que defiende al desierto más árido del mundo: El paisaje de la pampa y el desierto ha cambiado abruptamente en las últimas décadas desde el comienzo de la gran minería del cobre en los 90. Hay más carreteras, más vehículos y camiones debido a las actividades económicas de la región vinculadas a la minería y a la prestación de servicios relacionados. Se mueven toneladas de minerales desde las profundidades del desierto hacia los barcos que esperan en Mejillones para navegar a otros puertos. A su vez, suben al desierto y Cordillera a través del tren o camiones de color naranja miles de toneladas de ácido sulfúrico para el procesamiento de los minerales. Buses suben y bajan con trabajadores que vienen de distintos puntos del país, haciendo de Antofagasta uno de los aeropuertos más activos del país, después de Santiago. Hay mucho que se mueve, norte a sur, cerro a mar y viceversa.
Cristina Dorador
Los enormes telescopios miran al cielo que aún guarda la oscuridad en las noches, detectan ondas que vienen del espacio y revelan la conformación del Universo. Los cerros se ven como levantamientos telúricos que se han mantenido por millones de años en la calma de la pampa. Cerros de roca, de arena, de sal. Cerros amigos, cerros cuidadores, cerros guía.
Muchos de estos guardan vestigios fósiles, hay peces que incluso conservan las mitocondrias; han sido las pizarras de los antiguos habitantes, han sido el lugar de observación de nuevas galaxias y de concentración de minerales. En sus suelos se pudo desarrollar la agricultura hace miles de años atrás gracias al uso del guano y la presencia de agua. Porque el agua todo lo transforma.
Todo en el desierto de Atacama. Describirlo depende del grado de sensibilidad que tengamos con la naturaleza. El desierto, tan solo con la palabra que lo nombra, lo pone en el lugar del vacío y la nada:
“adjetivo
Despoblado, solo, inhabitado”.
Nada más alejado de la realidad.
Existe la arraigada idea de que los ecosistemas “sanos” o más diversos e importantes, son aquellos que tienen “verde”. El desierto tiene poco verde. Más bien es blanco, beige, café, negro y azul. Si hay verde no es necesariamente por las plantas, puede ser por los minerales que componen las rocas. Los óxidos de cobre son verdes. Los huesos se ponen verdes si están cerca de una fundición humeante.
Subimos tantos cerros, a pie o en bicicleta, bajamos corriendo o tratando de no caernos. Los cerros son nuestras piernas en el planeta. Nos levantan y nos dejan caer. Crecimos con ellos, nos llenaron de energía geológica y nos brindaron el placer de caminar sobre sus superficies de millones de años. Lograron el encuentro de culturas distintas dejando vestigios gráficos y materiales de la sincronía humana en geoglifos, pinturas rupestres y otros vestigios.
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Cada vez cuesta más reconocer el paisaje de Antofagasta y de la pampa camino a Calama. A las afueras de Antofagasta se han establecido polos industriales, de acopio y procesamiento de minerales. La basura plástica vuela y se deposita en las quebradas y cercos. El incesante sol las decolora y rompe en pedacitos.
Al lado de los caminos donde circulan camiones día y noche, hay botellas de plástico con orina, botellas chicas, medianas y botellones de cinco litros. Algunas están llenas, otras hasta la mitad. Los camiones deben llegar a la hora, no hay tiempo que perder. Minería verde, derechos humanos, eficiencia.
Hay antiguas faenas mineras que siguen en explotación y sus desechos en forma de inmensos botaderos, desparraman las arenas enriquecidas en minerales que pueden ser tóxicos para las personas y la biodiversidad. Los tranques de relave son cada vez más altos, como si el ser humano y su ambición compitiera con la naturaleza que demoró millones de años en formar esos paisajes los cuales han cambiado para siempre en tan solo unas décadas.
La zona de Sierra Gorda es casi irreconocible. Cerca del poblado se encuentra el mineral de plata de Caracoles, descubierto en 1870 generando inmensas riquezas. Ahora son solo ruinas. Las ex oficinas salitreras recuerdan el pasado, cuando miles de personas trabajaban procesando el caliche con el sol incandescente en las cabezas de quienes llegaron, algunos voluntariamente, otros arriados como ganado en los enganches salitreros. Toda esa vida dejó huellas en el desierto. Porque el desierto no borra sus heridas. Los cementerios disgregados por los cantones salitreros guardan la vida pasada, momificada, aquellos que rieron y lloraron y aguantaron vivir en la absoluta soledad del tiempo.
La sangre obrera aún sigue impregnada en las arenas y rocas, porque, aunque no la veamos, siempre quedan vestigios de lo que fue la búsqueda de dignidad y derechos en uno de los lugares más extremos del planeta. Matanzas desconocidas, que narra Andrés Sabella en “Norte Grande”: San Gregorio, La Coruña, Antofagasta y tantas otras. La orden era disparar a los manifestantes. El negocio debía continuar.
El negocio y explotación aún debe continuar.
Es el “sueldo de Chile”, el cobre se extrae en distintos distritos donde hay alta concentración del mineral, para lo cual es necesario procesar enormes cantidades de rocas, cuyo material que no es utilizado, es depositado en botaderos.
Los enormes camiones mineros transportan “material inerte” día y noche. Suben y bajan, como el trabajo interminable que hacía Wall-e con los desechos electrónicos. Como el mito de Sísifo pero sin volver atrás. Y así van creando nuevos cerros trapezoidales que comienzan a cubrir a los cerros reales.
Cerca de Sierra Gorda ya no hay pampa e inmensidad en algunos lugares, sólo tranques de relaves que cortan la vista de cualquier horizonte. El desierto removido, succionado y lavado con ácido descansa en esos cementerios del Antropoceno.
Las rutas caravaneras de los antiguos son ahora vestigios que se borran rápidamente por el paso de las camionetas rojas. Los geoglifos del Salar de Talabre datan de hace más de 3500 años de antigüedad y están ubicados en la cima de un cerro en Chuquicamata. El cerro quedó rodeado de relaves ácidos de minas.
El Salar de Talabre desde 1952 fue usado para verter los desechos mineros de Chuquicamata y actualmente también de Radomiro Tomic y Ministro Hales, convirtiéndose en una fuente de contaminación de arsénico y otros compuestos afectando a las localidades más cercanas. ¿Qué pasó con la biodiversidad del Salar de Talabre? ¿Hacia dónde volaron los flamencos? ¿Cuántas personas han fallecido por haber estado expuestas a la contaminación en las minas? ¿Cuántas están enfermas? El polvo que se levanta en la tarde llega a Calama, cubriendo como un halo de posible muerte la vida de las personas.
El río Loa fue intervenido completo, desde su nacimiento hasta su desembocadura. El río más largo de Chile, el que le dio agua a la economía nacional, el cobre y el salitre. Que permitió el desarrollo de la nación Lickanantay. El mismo que fue contaminado de forma brutal por la minería, acabando con el poblado ancestral de Quillagua. El mismo río donde se refugiaba en pocitas la ranita del Loa que el recordado Andy Charrier y sus colegas lograron rescatar.
Ahora el desierto tiene nuevos habitantes inertes: los dispositivos para generar energías renovables. El norte de Chile, al tener la mayor radiación solar del planeta lo hace un sitio ideal para el desarrollo de la energía solar, son cientos, miles de paneles solares, distribuidos como macropixeles entre quebradas, pampas, cerros y donde haya espacio. La sombra reemplazó la radiación incidente en el suelo.
¿Qué pasará con esos paneles cuando se acabe su vida útil? Lo mismo sucede con las turbinas eólicas y otras tantas “tecnoluciones” a la crisis global, ambiental, ecológica y social que vive el planeta. ¿Dónde quedarán? ¿Apiladas en alguna quebrada como la ropa que está en Alto Hospicio? El desierto como basurero. Como lugar de desecho y acopio de relaves, polimetales, ropa, neumáticos y tantas otras materialidades del mineroceno.
Es impactante ver cómo el material de las rocas del desierto, trituradas y procesadas, pasan a intervenir el paisaje de tal forma que comienzan a cubrir los cerros verdaderos. La transformación visual y química del desierto.
Los antiguos se perderían, ya no verían sus caminos y sus estrellas guías estarían tapadas por el polvo y la contaminación lumínica.
El desierto visto como lugar de despojo. Políticos y candidatos quieren que las cárceles se instalen ahí (como si eso fuese la solución a problemáticas profundas), algunos proponen muros y zanjas para evitar que las personas migren. El desierto como lugar de la crueldad y violación de Derechos Humanos. Pisagua, Chacabuco, mina La Veleidosa, Calama, Quebrada el Way. ¿Dónde están? El desierto siempre habla.
Gracias a la nueva autopista que une Antofagasta a Calama que se inauguró hace poco, ahora el trayecto es más corto, pero permite apreciar un cambio abrumador en el paisaje que remece nuestras conciencias pampinas y nortinas.
Desierto amado. Cubierto del “progreso” sin freno, maltratado, asesinado tantas veces, negado en su belleza y protección, regalado al mejor postor, olvidado, desconocido, expoliado, explotado, meteoríticamente marciano y lunar. La tierra que nos da alegría y el sol que recarga la esperanza de que alguna vez el desierto de Atacama sea respetado como se merece y que las futuras generaciones sepan que aún hay lugares donde las rocas no se han movido hace 20 millones de años. Que el Universo vive en Atacama. Si lo dejamos morir, también se acaba parte de la historia natural y humana del planeta. Ahora que en su parte sur está florecido, vinculemos esa belleza con el futuro y protejamos el desierto absoluto. Ese irrepetible, inigualable desierto que llevamos dentro en cada una de nuestras células.
Cristina Dorador
Ecóloga microbiana, bióloga y doctora en Ciencias Naturales. Es profesora asociada de la Universidad de Antofagasta, investigadora titular del Centro de Biotecnología y Bioingeniería (CeBiB) y ex convencional constituyente por el Distrito tres, región de Antofagasta. Sus líneas de investigación son la diversidad y función de comunidades microbianas en ambientes extremos, lo cual se ha relacionado con tópicos de biotecnología y cambio climático, entre otros. Ha publicado más de sesenta trabajos y ha sido investigadora principal de decenas de proyectos nacionales e internacionales. Participa de organizaciones de apoyo a mujeres en ciencia, de desarrollo de la ciencia en Chile, de protección de salares y de defensa del agua y la tierra. Ha sido consejera de Conicyt, miembro de grupos de estudio de Fondecyt y representante de Sudamérica en la Sociedad Internacional de Ecología Microbiana. En 2024 publicó "Amor microbiano".
Fuente: https://revistaabismo.com/la-despedida-final-del-desierto-de-atacama/






