Sin haber hecho lo suficiente: cómo combatir la indiferencia

A raíz de dos películas, Nuestra Tierra, de Lucrecia Martel, y El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, aparece un factor común que se presenta como ineludible: qué hacer cuando otro vive una injusticia: En 1978, durante uno de los períodos más oscuros de nuestra historia, León Gieco compuso una canción en la que le pedía a Dios que el dolor, lo injusto, la guerra, el engaño y el futuro no le fueran indiferentes. Es interesante la enumeración, porque los primeros cuatro son términos negativos, pero “futuro” debería ser un término positivo, aunque no siempre prometa serlo. Poco a poco, Sólo le pido a Dios se convirtió en un éxito. A lo largo de los años la cantamos todos –creyentes y ateos–, la aprendimos de memoria, la interpretaron infinidad de artistas. Tal vez haya sido Mercedes Sosa quien la volvió definitivamente colectiva. Dejó de ser el canto de un hombre pidiendo no endurecerse para convertirse en el himno de un nosotros comprometido con valores universales.

Por Claudia Piñeiro

¿Y qué nos pasó?
Hoy, en un momento histórico en que lo individual parece estar por delante de cualquier puesta en común, esa plegaria suena demasiado lejana. No porque el dolor, la injusticia, las guerras o el engaño hayan desaparecido, no porque el futuro no nos inquiete, sino porque la indiferencia parece haberse naturalizado. Como si fuera el estado basal de nuestra relación con los otros, imágenes horrendas del mundo no nos detienen en el diario trajinar. Vivimos en un tiempo en el que se supone que el sufrimiento ajeno no debe distraernos de nuestros objetivos, en el que lo colectivo suena a mala palabra y en el que cada vez parece más anacrónico sentirse parte de una comunidad. Como si la indiferencia fuera una moda que sienta bien y, por lo tanto, no se discute. Son los tiempos que corren.

Sin embargo, cada tanto algo irrumpe para desafiar esa tendencia que nos aísla en la propia existencia individual. A veces es una noticia. A veces es una escena que vemos en la calle. A veces un hecho cultural. Una película, por ejemplo. O dos películas.
En los últimos días vi dos películas que, de manera muy distinta, metieron el dedo en la llaga de la indiferencia: Nuestra Tierra, de Lucrecia Martel, que se estrena en marzo, y El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, que se estrenó esta semana.
La película de Martel es un documental –su primera no ficción– que parte del asesinato de Javier Chocobar, un miembro de la comunidad indígena Chuschagasta, en el marco de una disputa territorial en Tucumán. El crimen ocurrió en 2009 y fue filmado por uno de los responsables del hecho. Esa filmación es parte del documental. Chocobar era referente dentro de la comunidad indígena; Darío Amin, su asesino, funcionario público y emprendedor minero. Los dos cómplices de Amin, policías retirados. A pesar de la evidencia –la filmación mencionada–, el juicio comenzó recién en 2018, nueve años después. Nueve años después. Hubo demoras, dilaciones, apelaciones. Dario Amin murió de Covid, sin condena, mientras estaba libre. Los otros imputados, luego de un breve período tras las rejas, fueron puestos en libertad y recién volvieron a la cárcel a fines de 2025, cuando ya la película de Martel había sido estrenada en Cannes: el 23 de octubre de 2025 la Corte Suprema confirmó la sentencia.
Por años y años, los Chuschagasta reclamaron sus tierras arrebatadas, juntando papelitos, negando su extinción. Es conmovedor ver la colección de fotos que guardaba una mujer de la comunidad, donde aparecen retratados cumpleaños, casamientos, fiestas patrias, celebraciones protagonizadas por esos mismos Chuschas que para algunos no existían. Porque si ellos no existían, tampoco la propiedad sobre sus tierras. Justamente, una de las tensiones más fuertes de la película es entre la existencia y la prueba. ¿Cómo se prueba que alguien existió y existe? Hubo una expropiación pero los terrenos nunca les fueron entregados. Los mil y un trámite que hizo la comunidad Chuscha para que reconozcan que esas tierras les pertenecen demuestran su confianza en las instituciones, lo único con lo que cuentan más allá de la fuerza de su sentimiento comunitario: no es un chusca, son los Chuschas.
La película de Martel no sólo se centra en la historia de un crimen y del juicio a los culpables, sino que nos sumerge en el entramado de indiferencias y complicidades que lo hicieron posible. Porque Nuestra Tierra se atreve a abordar un tema que nos cuesta aceptar: el racismo estructural en la Argentina, ese que negamos y aseguramos que no existe. Martel filma desafiando una costumbre arraigada en nosotros como espectadores y como ciudadanos: mirar sin ver, tal vez para que el dolor de otros no interrumpa la continuidad de nuestras vidas. Ese dolor que Gieco pide que no le sea indiferente. Que la Negra Sosa llevaba por el mundo rogando lo mismo. Al que le cantábamos nosotros para ser protegidos de la insensibilidad, y que hoy parece olvidado.
Hay películas que provocan una experiencia inversa a la prevista: en lugar de ser miradas, nos miran a nosotros, a los espectadores. Y si nos hacemos cargo de esa mirada, sentiremos que algo se nos pide. Que no alcanza con entender, que hace falta responder. Lucrecia Martel, con Nuestra Tierra, nos corre del lugar cómodo del espectador indiferente y nos devuelve al lugar incómodo del ciudadano interesado en el país en el que vive, en las comunidades que lo habitaron desde siempre, en la justicia, en los derechos, aunque el hecho puntual no lo afecte directamente. Nuestra Tierra, en el extra escena y sin nombrarla, señala nuestra indiferencia y no podemos salir del cine haciéndonos los distraídos.
Quizás convenga repasar los conceptos de la filósofa Hannah Arendt y su banalidad del mal. Porque el mal radical no siempre adopta la forma del odio, sino la de la desvinculación: no hace falta desear el daño sino no sentirse concernido. La indiferencia es esa desvinculación. Para evitarla, Martel pone en la pantalla rostros, cuerpos, miradas, gestos, manos entrelazadas, que nos acercan sentimentalmente a esa comunidad, que nos devuelven a los espectadores nuestra condición de participantes.
La película brasileña El agente secreto, en cambio, trabaja la indiferencia dentro de la misma historia. La acción transcurre en Brasil, en 1977, bajo el gobierno de Ernesto Geisel. Armando, un científico y profesor especializado en tecnología, viaja de San Paulo a Recife huyendo de un conflicto con un empresario conectado con el régimen militar, quien lo persigue porque quiere quedarse con una patente industrial que desarrolló Armando con su equipo. Mientras tanto, en el presente, dos jóvenes universitarias tienen que trascribir audios grabados en la clandestinidad durante la dictadura militar brasileña. Entre ellos, están los audios que grabó Armando en Recife, donde cuenta quién es y su historia. Las jóvenes comparten la tarea, el espacio, la edad. Pero no comparten el interés por lo que se esconde detrás de la transcripción que les encomendaron. Una de ellas se detiene cuando descubre algo sobre el hombre cuya historia está reconstruyendo –el protagonista interpretado por Walter Moura–, escucha a testigos que hablan de él, busca en archivos y en diarios de la época para completar los vacíos. Entiende que lo que transcribe no es sólo información, sino una vida. La vida de Armando. La otra sigue con lo suyo, se limita a cumplir su tarea y el resto del tiempo ve videos de animales en su pantalla. No es que esta otra joven no haya visto, pero lo que pasa frente a sus ojos no despierta su interés, lo que le pasó a aquella gente no la conmueve como a su compañera. Y, por lo tanto, no se detiene. La indiferencia se ejerce en esa continuidad, en seguir cuando algo exigiría parar. Parar, ¿para qué? Para pensar, para entender, para exigir, para acompañar, para juntarse con otros en comunidad, para ayudar a mantener la memoria, para reparar. O para lo que hizo la primera chica, la que se sintió compelida por lo que le pasó a Armando y quiso dar un paso más allá de transcribir esas cintas. Pero, tranquilos, no voy a spoilear la película que acaba de estrenarse, vayan a verla, vale mucho la pena.
La indiferencia frente a las injusticias, frente a lo que les pasa a otros, tiene que ver también con la calidad de la democracia. La democracia participativa no se limita a votar, sino que incluye, como actividad indeclinable, involucrarse en cuestiones de interés público. ¿Estamos ejerciendo verdaderamente una democracia participativa? ¿Una democracia sin participación de la comunidad es una verdadera democracia? La indiferencia no es inevitable. Es una práctica, y como toda práctica, puede interrumpirse si nos damos cuenta de que nos lleva a un futuro que no deseamos. Hace falta hacerlo. ¿Puede lograrlo una canción? ¿Puede lograrlo una película? No lo sé, ojalá que sí.
En una escena preciosa de Nuestra Tierra, una joven pareja chuscha se para en lo alto del terreno que les pertenece –aunque aún no se les reconozca la propiedad– y sueñan que allí harán su casa, que desde allí verán venir a sus hijos de la escuela, que la vista del horizonte desde lo alto los hará felices. Y yo, como espectadora, deseé profundamente que su sueño se cumpliera, que se les reconociera la propiedad de esa tierra negada a lo largo de los años y bajo gobiernos de todos los colores, que nadie les robara ese futuro que sueñan.
Mi agradecimiento infinito a artistas como Lucrecia Martel o Kleber Mendonça Filho que intentan sacarnos del letargo de estos tiempos.

Y en cuanto a nosotros, que la reseca muerte no nos encuentre vacíos y solos sin haber hecho lo suficiente.


Fuente: https://cenital.com/sin-haber-hecho-lo-suficiente-como-combatir-la-indiferencia/

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