Orgullosos de vivir en un lugar de mierda
Hace tantos años que parece la vida de otro, yo me dedicaba a seguir los conciertos de Burning por pequeños pueblos de España que costaba encontrar en el mapa de carreteras. Llegábamos horas antes con nuestros atavíos rockeros: chupas negras, cintos de tachuelas, botas de piel de serpiente bajo el sol de la meseta, y nos acodábamos en el bar del pueblo despertando la curiosidad del paisanaje. —¿Habéis venido hasta nuestro pueblo para ver a ese grupo? —Sí. —¡Jefe, ponles un cubata a estos que vienen desde Galicia! A veces la hospitalidad se desmadraba, las bebidas se amontonaban y la cosa acababa regular para nosotros. Mi hermano, hoy más ornitólogo aficionado que ave nocturna, sigue dejándose caer por lugares igual de remotos, aunque ahora lo haga para buscar un elanio azul. Y la conversación vuelve a repetirse. —¿Pero a qué vienes aquí? Si aquí no hay nada. Jorge Armesto En esto pensaba mientras leía a Emmanuel Carrère. En Una novela rusa (Anagrama, 2008), Carrère viaja a Kotelnic...