Una IA con derechos puede llevar a resultados catastróficos
El
abogado y sociólogo colombiano, director del Centro de Derechos Humanos
y Justicia Global de la Universidad de Nueva York, reflexiona sobre la
expansión del concepto de derechos hacia la naturaleza y advierte sobre
los peligros de extenderlos a la inteligencia artificial
César
Rodríguez Garavito (Bogotá, 1971) es abogado y sociólogo, y dirige el
Centro de Derechos Humanos y Justicia Global de la Universidad de Nueva
York (NYU). En los últimos años, su trabajo se ha desplazado de los
derechos humanos clásicos hacia lo que llama los derechos “más que
humanos”: primero la naturaleza –animales, ríos, bosques y especies
enteras–, y, más recientemente, a la pregunta de si la inteligencia
artificial debería tener algún estatus jurídico. Rodríguez visitó
Medellín para dictar la lección inaugural del Doctorado en Derecho de la
Universidad EAFIT, y allí ofreció una reflexión pragmática y a ratos
incómoda sobre los derechos y sus límites.
Entrevista de Esteban Hoyos
Pregunta.
Usted ha sido durante años uno de los defensores más visibles de los
derechos de la naturaleza en la región, pero ha propuesto un término
distinto, los “derechos más que humanos”. ¿Qué lo llevó a esa reflexión?
Respuesta.
Los derechos de la naturaleza han sido una corriente de agua fresca
para el derecho y el movimiento ambiental. Es una corriente global, como
lo muestran casi 700 iniciativas sobre el tema en más de 60 países. He
trabajado de cerca con analistas y activistas en varios de esos
esfuerzos y comparto con ellos el lenguaje de los derechos de la
naturaleza. El término “derechos más que humanos” apunta a lo mismo y
busca evitar el dualismo humanos-naturaleza. Los seres humanos estamos
insertos en el mundo más que humano, en la red de vida que compartimos
con los animales, las plantas, los hongos y los demás seres. Dado que
dependemos de esa red más amplia, los derechos humanos también dependen
de la protección de los derechos más que humanos.
P. ¿Cuál es el balance que hace del reconocimiento de los derechos de la naturaleza hasta ahora?
R.
Es una idea que pasó de ser marginal a ser adoptada por tribunales,
parlamentos, asociaciones científicas, movimientos sociales y colectivos
artísticos alrededor del mundo. Hay casos, leyes y declaraciones
fascinantes sobre derechos de los animales, de los bosques, los ríos y
otros ecosistemas, no solo en América Latina, sino también en países
como España, Nueva Zelanda, Canadá, Sri Lanka, Inglaterra y muchos
otros. La Corte Interamericana de Derechos Humanos también le ha dado su
aval.
El reto principal es hacerlos realidad. Soy abogado, pero
también sociólogo, así que me importan las consecuencias prácticas, como
también les importan a los activistas y las comunidades. Por eso
estamos apoyando la implementación de fallos icónicos como el que
protegió los derechos del bosque de Los Cedros en Ecuador.
P.
Los argumentos a favor de los derechos de los animales suelen resaltar
las similitudes entre los humanos y los animales, como la sintiencia y
la inteligencia. ¿Qué opina de esta idea?
R. Creo que ha sido
útil en la práctica, por ejemplo, para proteger los derechos de animales
como los primates. Parte de mi trabajo se dedica a proteger los
derechos de las ballenas, con científicos que están probando que ellas,
además de inteligencia, tienen lenguajes y culturas. Pero creo que los
derechos de los animales no deben depender de su parecido con nosotros,
sino del valor intrínseco de sus vidas y sus formas de entender y
habitar el mundo. Como escribió Henry Beston, los animales no son
nuestros parientes ni nuestros subordinados: son otras naciones que
comparten con nosotros el planeta. Con ellos deberíamos tener una suerte
de relaciones internacionales, que reconozcan al otro precisamente por
su diferencia.
P. Eso lleva directamente a una pregunta contemporánea y polémica: ¿debería la inteligencia artificial tener derechos?
R. Me
opongo rotundamente. Mi razón principal es pragmática. Ante una idea o
una norma, tiendo a preguntar quién tiene más poder y quién necesita
protección; me inclino por una teoría de los derechos basada en la
vulnerabilidad. Tomo partido por la parte más débil. Entre humanos y
animales, los animales son la parte más vulnerable, y eso justifica
protegerlos. Con la IA la ecuación se invierte: los humanos somos la
parte débil frente a modelos cada vez más inteligentes y autónomos, que
se pueden salir de control y poner en riesgo tanto a los humanos como al
resto de la naturaleza.
P.
Pero si usted mismo ha defendido que un río pueda ser sujeto de
derechos, ¿no queda abierta la puerta para que mañana alguien defienda
lo mismo para una inteligencia artificial suficientemente sofisticada?
R.
Quienes proponen tratar a los modelos de IA como personas con derechos
olvidan que, a diferencia de la naturaleza, la tecnología es una
creación humana. Y que una IA con derechos puede llevar a resultados
catastróficos. Como lo ha dicho Yoshua Bengio, uno de los inventores de
la IA, eso nos dejaría sin la posibilidad de controlarla y
descontinuarla si llega a ser necesario. Esto no es ciencia ficción. En
Argentina hay un proyecto de ley que autorizaría “sociedades
automatizadas” compuestas solo de sistemas de IA, que podrían operar y
contratar sin supervisión humana. ¿Quién las controlaría? ¿Quién
respondería si causan daños?
P. ¿Cómo se protege a los humanos de una tecnología potencialmente peligrosa sin cerrar la puerta a la innovación?
R.
Mi posición no es antitecnología. Soy partidario de modelos pequeños
para asuntos específicos: traducción, edición, incluso para escuchar a
los animales. Hay proyectos en los que he participado que usan IA para
entender el lenguaje de los animales y la biodiversidad del planeta.
Pero tengo muchas reservas sobre el tipo de IA general, poderosa y
autónoma que las compañías líderes están desarrollando. Incluso muchos
tecnólogos se oponen no sólo a los derechos de la IA, sino también a que
los modelos parezcan personas. Los chatbots suenan como personas porque
así lo han decidido sus diseñadores, para que los usemos más. La misma
confusión que lleva a algunos a tratar a sistemas de IA como sus
psicólogos, amigos o parejas conduciría a tratarlos como personas con
derechos. Necesitamos normas que promuevan modelos que mantengan clara
la diferencia entre máquinas y personas. Pero hay que hacerlo ahora,
porque en pocos años la confusión sería tal que podríamos terminar
entregándoles el control de nuestras vidas, nuestras relaciones y
nuestros sistemas económicos y políticos a inteligencias sintéticas que
nos superarían y que ya no podríamos comprender.
P. Su trabajo actual exige cada vez más colaboración entre disciplinas. ¿Cómo se traduce eso en la práctica?
R. Es
indispensable, y no es solo cuestión de conectar datos fascinantes de
distintos campos: en el fondo hay un giro sobre cómo vemos el mundo y
cómo lo estudiamos. Escribí sobre esto para una hermosa exposición que
el Museo de Arte Contemporáneo (MUAC) de México tiene actualmente sobre
derechos más que humanos. El giro “más que humano” de las artes, las
ciencias y el derecho implica entender que todo es relacional: no solo
que todo está interconectado, sino que los individuos somos, nosotros
mismos, ecosistemas. A diferencia de los saberes indígenas, la ciencia
moderna nos hizo creer que estamos separados del resto de la naturaleza.
No veo cómo estudiar en serio el estatus jurídico y moral de los seres
humanos sin pararnos, a la vez, en el mundo en el que estamos insertos.
P.
¿Cuáles son entonces las preguntas más urgentes que enfrentan el
derecho y las ciencias sociales en este campo en los próximos años?
R.
Primero, asegurar la aplicación de los derechos de la naturaleza.
Segundo, profundizar en teorías de los derechos basadas en la
vulnerabilidad. Tercero, regular la IA para desacelerarla y tratarla
como una herramienta.
P. Después de un recorrido tan crítico, usted insiste en terminar en un tono esperanzador. ¿Por qué?
R.
Porque veo mucha gente alrededor del mundo que está buscando, incluso
anhelando, reavivar su vínculo con la naturaleza. Vivimos un momento
difícil: se agrava la crisis climática, las COP y el Acuerdo de París
acumulan traspiés, y el activismo que encarnaron figuras como Greta
Thunberg enfrenta una fuerte reacción en contra. En ese contexto, los
derechos de la naturaleza y otras ideas ecocéntricas marcan un viraje
hacia la esperanza, basado en el asombro, la curiosidad y la belleza de
la vida sobre la tierra.
Fuente:
https://elpais.com/america-colombia/2026-09-12/cesar-rodriguez-garavito-una-ia-con-derechos-puede-llevar-a-resultados-catastroficos.html


