Conmoción corporal: Desensibilización
Al llegar al final del verano en el Hemisferio Norte, hay una pregunta que se repite: ¿Ha sido este el verano más fresco que viviremos de aquí en adelante? La ciencia nos dice que sí. Como también nos advierte de que los incendios o lluvias torrenciales que hemos padecido son anécdotas respecto a lo que nos espera. Disponemos de información precisa sobre la gravedad de la situación así como están claras las causas y los responsables. Tenemos todos los elementos racionales perfectamente diseccionados.
Gustavo Duch
Pero lo racional no es suficiente, es esencial no olvidar el poder de los sentimientos, esas fuerzas emocionales que nuestros cuerpos generan ante diferentes situaciones: miedo, sorpresa, rechazo, amor, etc. Y en este terreno más estético, erótico y poético, nuestra sociedad actual padece, a decir de Ingrid Toro y Omar Felipe Giraldo, un déficit de “afectividad ambiental”. Una suerte de anestesia que ha disminuido nuestra capacidad para dejarnos afectar por los otros seres vivos, por los territorios, por sus ciclos; y por sus/nuestros sufrimientos. No es una crisis solo de emisiones, energía o consumo. Se nos atrofió la capacidad corporal de conmovernos.
Según Giraldo –como aparecerá en un próximo libro–, esta realidad no es casual. Todo lo que está destruyendo el equilibrio del planeta beneficia a una clase muy concreta, el capital. De la minería en la RD del Congo, de los negocios de la guerra y el petróleo, de la colonización sionista de Palestina… solo se benefician las grandes fortunas, multinacionales y fondos de inversión.
Y el capitalismo, que sabe muy bien que el amor, la empatía, el dolor o la rabia –la digna rabia, al decir zapatista– son sentimientos capaces de movilizar respuesta social, ha procurado generar las condiciones concretas para esta suerte de adormecimiento general, para evitar que podamos con-movernos.
El lenguaje sería uno de los elementos que conforman este “régimen afectivo”. Nombrar suelo a la tierra, recurso hídrico al agua, unidades productivas a los animales, progreso al ecocidio y muchas otras expresiones, consiguen lo que se busca. Situar al humano fuera de la vida entrelazada; y por encima del resto de expresiones de esta vida. Así, ajenos y superiores, es difícil sentir empatía por una tomatera quemada por las olas de calor o por las golondrinas que, con tanta sequía, les cuesta encontrar barro para fabricar sus nidos.
Un segundo elemento que enumera Giraldo es el propio espacio que habitamos, que tiene la capacidad de moldear lo que sentimos. O, diría yo, de evitar que sintamos. Dado que la mayoría de la población humana vive en ciudades, todo ese cemento que nos rodea actúa como una especie de coraza alrededor de nuestros cuerpos. que aísla a prácticamente toda una sociedad de lo que ocurre en otros territorios.
A esto se le suma un problema de escala: la grandiosidad de las injusticias ambientales es casi incompatible con nuestras facultades sensoriales.
El ejemplo que propone es clarificador. Cuando mordemos una manzana importada de Chile, nuestras papilas gustativas detectarán su dulzura, pero no podrán decirle a nuestro cuerpo si se cultivó con pesticidas que contaminaron un río, si el campesinado que la cultivó está sometido a duras condiciones, ni cuánta agua se expolió para producirla, ni cuántas emisiones generó su transporte.
Y, por último, la más sibilina. La sobreestimulación de impactos a los que estamos sometidos entre aplicaciones, notificaciones y luces intermitentes con todo tipo de información, ha conseguido generar un universo perfecto para una interesada confusión. ¿Qué ocurre en nuestras vísceras cuando después de saber sobre el posible final de las poblaciones de coral, te encuentras con un anuncio que el algoritmo te propone y luego aparece un video de gatitos?
Al capitalismo no le importa que conozcamos con detalle la crisis ecológica; está tranquilo mientras no la sintamos en nuestra propia piel. Por eso, la conclusión me parece clave: si queremos volver a buenos “tiempos para todas”, lo afectivo es uno de los campos centrales que hay que disputar.
Y el eclipse de este verano nos lo ha demostrado. Si bien este fenómeno natural también se mercantilizó –y de qué manera–, si bien para muchas personas fue otra ocasión solo para presumir en las redes, durante unos minutos nuestros cuerpos se detuvieron, nuestra vista cambió las pantallas por el cielo y nuestro cuerpo pudo detectar sombras, silencios y colores muy particulares. Fue, aunque solo fuera por un instante, una experiencia colectiva en la que tuvimos la oportunidad de sentirnos parte de la tierra.
Y como dice mi amigo el pastor: Ante la tierra me humillo; frente a quien venga a humillarla, me sublevo.
Fuente: https://ctxt.es/es/20260901/Firmas/55057/conmocion-corporal-capitalismo-crisis-ecosocial-eclipse-gustavo-duch.htm - Imagen de portada: Vista del eclipse solar en agosto de 2026 desde un crucero al norte de Ibiza. / Zacarías Chou
