Patagonia argentina: Las primaveras más tristes de la historia mapuche
En
la manera mapuche de entender el transcurso del tiempo no se utilizaba
la división en meses que trajo consigo la colonización. La primavera era
y es el tiempo de los brotes: pewüo pewüñen, según el espacio
territorial del que se trate. Como es el período que sucede al riguroso
pukem o invierno, que en el sur del hemisferio occidental sabe de
prolongada oscuridad, nevadas, heladas e intensas lluvias, es
comprensible que se reciba con alegría y buen ánimo. Siempre es y fue
así, salvo en unas ocasiones.
Por Adrián Moyano
Para
septiembre de 1884, hacía cinco años que waizufche y williche habían
perdido la posibilidad de comerciar en Carmen de Patagones (Argentina) o
Valdivia (Chile). La primera denominación hace referencia a la gente de
la cordillera y la segunda, a la del sur. En el contexto de Puelmapu,
es decir, el territorio que en el presente ocupa el primero de los
Estados, así se designaba a lxs mapuche que residían en las cercanías de
las montañas en la actual provincia de Neuquén y a lxs que vivían en
áreas sureñas respecto del lago Nahuel Huapi y el río Limay (provincias
de Río Negro y Chubut), respectivamente. Además, también se había
interrumpido el flujo de ganado y otras mercaderías que, como
consecuencia de los tratados, el gobierno argentino había remitido
impuntualmente durante décadas hacia la ruca de los grandes loncos. Para
rematar la guerra de recursos, los rebaños se convirtieron en blanco de
los ataques militares, que con énfasis desde 1881, se produjeron sobre
sus poblados. A la fuerza, los hombres tuvieron que intensificar su
faceta cazadora en desmedro de la mercantil y ganadera para alimentar a
sus familias. El comercio solo era posible con las colonias galesas que,
desde la década de 1860, se habían levantado a unos pasos del océano
Atlántico.
Cuando
aflojaron los grandes fríos, Katrülaf contaba con aproximadamente 16
años. Fue entonces que comenzó a escuchar en los multitudinarios
encuentros (trawün) presididos por Sayhueque, Inakayal y Foyel que se
barajaba la posibilidad de “presentarse” ante los jefes militares, es
decir, rendirse. En los últimos cinco años, la mortandad que había
provocado el Ejército era enorme y miles de mapuche languidecían en los
campos de concentración de Valcheta, Chichinales, Carmen de Patagones,
Mendoza y otras ubicaciones. Ya habían capitulado otros iconos de la
resistencia, como Namunkura y Reukekura. Otros habían caído en combate,
como el lonco Keupü, mientras que Purran y Pincén sufrían prisión en la
isla de Martín García o bien, en Buenos Aires. Como sucede en toda
guerra, llevaban la peor parte las mujeres, la niñez y lxs ancianos.
No más “nación india”
La
“nación india”, a la que se había referido Namunkura en una carta a
Sayhueque en los primeros meses de 1880, se había desmoronado. Fue
entonces que los más tenaces entre los tenaces evaluaron la chance de
abandonar la lucha. Según el recuerdo de Katrülaf, el trawün en cuyo
transcurso se resolvió la presentación tuvo lugar en Tünkengiyeu, “cerca
de las montañas grandes”, es decir, de la cordillera. “Allí no era
posible pasar por el bosque” de tan frondoso. Al decidirse que Sayhueque
y su gente se presentarían en el Collon Cura, sus primos evaluaron
hacer otro tanto en las colonias galesas, donde ya existía un fuerte
argentino.
No fue una rendición incondicional e inicialmente, tampoco
abarcó a la totalidad de la población. Hombres prudentes, Inakayal y
Foyel fueron en búsqueda de su destino con otros 200 jinetes,
aproximadamente, pero “a muchos de sus capitanes y a sus amigos los
dejaron aquí en sus tierras”, evocó Katrülaf, 18 años después de los
sucesos. Tampoco formaron parte de la gran comitiva sus familias. Dos
días antes de arribar a la posición militar, los loncos enviaron
mensajeros para anticipar su llegada. “Laciar era el apellido de ese
wingka comandante”, puntualizó el sobreviviente de la Campaña al
Desierto. Hasta ese momento, Katrülaf nunca había visto un soldado. Al
producirse el arribo, los uniformados aparentaron recibir de buen grado
al considerable contingente, que se alojó dentro de “un gran corral”, es
decir, una fortificación. Tanta fue la cordialidad que nada hacía
pensar el posterior desenlace.
La versión que legó el mapuche en sus
charlas con el investigador alemán Robert Lehman Nitzche en 1902, no
coincide con la que se tuvo como válida durante más de 100 años. Resumió
el relato hegemónico Juan Carlos Walther, un historiador militar que en
1946-1948 se hizo acreedor del Premio Nacional de Historia, Arqueología
y Filología. Por entonces, gobernaba el peronismo en la Argentina.
Según su relato, Sayhueque, Inakayal y Foyel lideraban “restos de
salvajes” que se ocultaban sobre la cordillera. Ante hostilidades con
los galeses, el general Lorenzo Vintter había ordenado al teniente
coronel Lasciar el levantamiento de un fuerte en Corral Charmata,
denominación que luego cedió ante la nueva: Fortín Villegas. Walther
fraguó un intento de ataque por parte de los loncos a cuyos jinetes se
había sumado el joven Katrülaf, ofensiva que se habría frustrado al
advertir los guerreros que la dotación del estaba lista para la defensa.
Se supone que el autor elaboró su diatriba con la Memoria del
Departamento de Guerra y Marina a la vista, que, a su vez, recogió los
informes de los oficiales que participaron de las acciones. O sea, una
mentira tras otra.
Ningún ataque
Si
Inakayal y Foyel hubieran querido atacar el fuerte, ¿para qué enviaron
mensajeros dos días antes? Si su viaje tuviera finalidades bélicas,
¿para qué dividieron sus fuerzas y dejaron “capitanes” a retaguardia?
Con esa expresión, se designaba a lxs mapuche que tenían habilidades
guerreras y aptitudes de liderazgo. Además, Katrülaf había participado
de los trawün que se habían celebrado antes de decidir la marcha y no
mencionó que se discutiera la chance de ataque alguno. Por otro lado,
hacía cinco o seis años que el Ejército Argentino se valía de fusiles de
retrocarga, incorporación que volvía casi suicida un ataque frontal de
caballería contra una posición fortificada. Inclusive, el joven pensó
durante buena parte del recorrido que el acercamiento tenía como
finalidad comerciar con los pulperos galeses e intentar una reanudación
del régimen de raciones. Inclusive, el teniente coronel Lasciar alimentó
hasta último momento esa suposición.
En la fantasía de Walther, el
oficial decidió mantener como rehén a Inakayal y su gente, mientras
Foyel y otros jinetes fueron en búsqueda de las familias, con la
custodia de una partida que se conformó con 20 efectivos, al mando del
teniente Insay. Según Katrülaf, las cosas sucedieron de otra forma. Un
mes permanecieron lxs mapuche dentro de la empalizada y durante ese
período, fueron atendidos de mil maravillas por la guarnición. Hasta
cigarros y pan recibieron. El intercambio con los galeses fue fructífero
para ambas partes y hasta se puso una fecha para el retorno. Tanta
cordialidad hizo que los loncos bajaran la guardia, pero el día previsto
para partir amaneció más temprano, a gritos se ordenó a los adormilados
visitantes que entregaran sus cuchillos, boleadoras y que se quitaran
sus ropas. De inmediato comenzaron los castigos corporales, las amarras y
otras humillaciones.
Tres días después, los militares separaron a
los hombres que tenían pareja de los solteros. Los segundos
permanecieron en el cautiverio, mientras los primeros fueron a buscar a
sus familias en cercanías del arroyo Genoa, un afluente del Senguer que
aparece en crónicas antiguas como Henno o Heno. Katrülaf contó 10
efectivos más en la custodia de los que consignó el historiador, es
decir, otros 10 rémington. Permanecieron en el fuerte 70 jóvenes, a
quienes sus captores liberaban momentáneamente de las ataduras para
comer. Después, accedieron a un breve período de libertad vigilada,
hasta que volvieron los rigores. Según se les informó, Inakayal y Foyel
habían resistido de palabra la presentación, intento que fue repelido
por un fusilamiento preventivo.
La barbarie de la civilización
El
oficial informó a sus superiores: “aun cuando éstas (las tribus)
opusieron alguna resistencia por el excesivo número de hombres que
tenían sobre nuestra pequeña fuerza, muy luego cuando vieron caer una
treintena de su gente, empezaron a desbandarse siendo perseguidos por
nuestras tropas sellando con este hecho sobre esas tribus el último
choque de armas de la civilización contra la barbarie y en el Sud de la
República”.
Katrülaf aportó que la situación de cautividad se
prolongó durante seis meses, hasta que se dispuso el traslado de las
familias prisioneras al campo de concentración de Valcheta. Al final de
un penoso periplo, en Buenos Aires fue separado de Inakayal, Foyel y
otros sobrevivientes. Nunca los volvió a ver. Después de pasar unos años
en las mismas Fuerzas Armadas que habían terminado con la libertad de
su pueblo, recuperó la suya personal y se quedó a vivir en La Plata.
Quizá recordara la primavera del Willimapu cada vez que la noche cediera
espacio ante el avance del día. Cuatro años después de aquella trampa
en el valle del Chubut, Inakayal dejó de existir en el plano sensible.
El calendario de los wingka indicaba 24 de septiembre de 1888. Otra
triste primavera.
Fuente: Desinformémonos - Imagen de portada: Imagen del lonco Inakayal reimpresa por Sebastian Hacher en la estepa de Patagonia.



