Argentina: El kitsch y la soberbia en la política actual
La soberbia, ese sentimiento que produce indignación y rechazo social, encarnado en Manuel Adorni, representa nada menos que la política del nuevo kitsch de las ultraderechas, un pastiche de efectos delirantes e indiferencia por el hambre del pueblo: “Lo maté por la soberbia con la que me miraba”, dice Edipo recordando el asesinato de Layo. No sabía que ese altanero era su padre, pero, fuera quien fuese, ese hombre desdeñoso, que se le cruzó en el camino, lo había herido con su actitud sobradora. La mano de Edipo empuñó su daga y -con los ojos inyectado de sangre- atravesó el corazón de Layo.
Por Esther Díaz
Ahora bien, ¿qué es la soberbia como para despertar semejante indignación? Es un sentimiento de superioridad que crece en las personas inseguras de sí mismas, es deprecio por el o la interlocutora, delata egoísmo e indiferencia por el malestar ajeno. Quien carga en su cuerpo el peso de la soberbia produce asco, indignación, rechazo. Y lo expande. Tipo los Manuel Adorni de la vida, que se hinchan como sapos para verse más grande de lo que son, pero en realidad son puro aire, complejo de inferioridad disfrazado de vanidad.
“Apenas sos un periodista”, le dijo despectivo a alguien que realmente ejerce esa profesión con dignidad, mientras él, entronizado como funcionario importante defensor de una ética estatal es, en realidad, apenas un fracaso. A veces los sapos estallan. Adorni, un batracio inflado de soberbia, reventó.
Según nuestros mitos fundantes la soberbia -que es uno de los siete pecados capitales- fue la primera e imperdonable falta castigada por las fuerzas sobrenaturales. ¿Y por qué sería soberbia comer de la manzana prohibida? Porque Adán y Eva, que “apenas eran un poco de barro”, creían que si probaban la fruta interdicta tendrían tanta sabiduría y poder como Dios. Los Adán y Eva mileístas, esa pareja de “consumos postergados” e “indigentes cognitivos”, además de pecar por soberbia, representan la política del nuevo kitsch.
¿Y por qué nuevo? El kitsch es una estética de bibelots y baratijas que garantizan el oropel de una dudosa gloria popular, como el gato de plástico de la fortuna (Maneki-neko) que mueve constantemente una de sus patas delanteras como si fuera un brazo humano. Se le dice gato chino, pero su origen es japonés y vulgar. En principio la intelectualidad y el mundo artístico le atribuyen al kitsch todos los desaguisados del mal gusto, la vulgaridad comercial, lo chillón y hasta lo “hortera”. El simulacro, la copia burda, la bagatela, la petulancia, el exceso.
El kitsch fue rescatado durante la posmodernidad -desde mediados del siglo XX hasta comienzos del tercer milenio-, consumido no solo por las clases populares sino también por sectores snob. Obras “de arte” hechas con un globo inflable con forma de perro colocadas en lugares privilegiados de museos contemporáneos o una virgen de terracota orlada de flores de plástico en la sala principal de una galería de arte.
Con las ultradechas actuales, el kitsch se exhumó y viralizó: un jefe de Estado desprolijo, con pelo sucio y despeinado cantando covers envuelto en cuatro camperas de cuero en pleno verano y levantando los brazos para dirigirse a la gente pagada y trasportada y azuzada para que aplauda y soporte el vaho que exhala cuando (de espalda a una parte del estadio y alzando los brazos) deja al descubierto la raya de su trasero.
Esto se denomina neokitsch y no solo es tema de debate por intervenciones anarcolibertarias, sino también en museos de arte y en congresos de estética, arquitectura, política y filosofía. Un kitsch político que reproduce efectos más y más delirantes y se caracteriza por el aumento del mal gusto, la indiferencia por el hambre del pueblo y un autobombo de la nada.
La pizza con champán de los noventa devenida cascadas y enanitos de jardín, que hoy tiene de aliados a “gente paqueta” que lo desprecian por su tosquedad. También Macri, expresidente multimillonario y casi septuagenario inició su etapa kitsch para estar a tono con sus aliados cutre. Se hace el cool y monigotea en el streaming Olga. También se muestra besuqueando, cual adolescente, a su nueva novia vendedora de alfombras. Pero Macri es de la vieja escuela, aunque relegue a ciertas mujeres a muñequitas para su placer individual y les quite derechos a las mujeres en general, no es incels, es baboso.
Sus socios (o primos políticos vergonzantes), los neokitsch de las nuevas ultraderechas, no solo discriminan a las mujeres y les quitan derechos cada día, directamente no le habilitan el acceso al poder. Estos incels -célibe involuntarios- son varones resentidos con las mujeres, a las que culpan por la impotencia (como hombres cis heterosexuales) para conseguir pareja mujer o mantener relaciones sexuales con ellas.
Eunucos simbólicos, cuya misoginia y exceso de mal gusto aumentan cada día: perros muertos como consejeros políticos, insultos groseros indignos de un primer mandatario, o decir de sí mismos que son ética y estéticamente superiores (cuando abundan en corrupción y sobrellevan una especie de nido de ratas como pelucas).
El acopio de dineros dudosos de Adorni, sin mencionar la frivolidad de comprar un monitor gamer o sábanas rojas de satén (faltaron las rosas rococós rosadas y dos leones de yeso en el jardín) convierten a un ser insignificante -como el apenas un exvocero- en un aparato kitsch soberbio y petulante. La vida del exdirector de YPF y exjefe de Gabinete son un ascenso a la soberbia.
Pero, ¿qué es la soberbia? Un sentimiento de superioridad en relación con las demás personas. “Estamos orgullosas de nuestra investigación”, expresó con sobriedad una científica despedida, con sus asistentes y sin motivos, del Conicet. Ese orgullo es lo contrario de la soberbia, jactancia o vanagloria. Es el orgullo de ser lo que se debe ser.
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La vanagloria y el kitsch necesitan de bombos y platillos. En “La nueva era del kitsch” (G. Lipovetsky/ J. Serroy) se afirma que el hiperkitsch contemporáneo es lo “demasiado” exacerbado y globalizado. El too much, el exceso, lo sobrecargado que invade espacios turísticos, artísticos, futbolísticos: 3.000 dólares -aproximadamente $4.500.000- una entrada para el Mundial es un ejemplo de la exageración soberbia del neokitsch. El orgullo es apreciado cuando surge de causas nobles o cuando es estandarte de lucha por el bien en general o de un sector vulnerable en particular, como las marchas del orgullo gay o las luchas emancipatorias nacionales o de los feminismos, o de personas discapacitadas, jubiladas, desocupadas. El sano orgullo es solidario y modesto, en cambio, la soberbia es una satisfacción egoísta que abastece la vacía vanidad, el falso orgullo y la corrupción política.
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/07/10/el-kitsch-y-la-soberbia-en-la-politica-actual/ - Imagen: Serie Black Mirror primera temporada

