Cómo los frigoríficos usados de Europa envenenan el noroeste de Nigeria
El país africano, uno de los epicentros del comercio mundial de electrodomésticos de segunda mano, se enfrenta a una amenaza creciente para la salud pública y el medioambiente: Aminu Issa es uno de los vendedores de refrescos más conocidos del mercado de Sabon Gari, en el Estado de Kano, al norte de Nigeria. Cuando puso en marcha su negocio, compró dos frigoríficos de segunda mano a un comerciante de aparatos electrónicos usados en el bullicioso mercado donde trabaja. La inflación y sus escasos ingresos le impedían comprar electrodomésticos nuevos, por lo que recurrió a los de segunda mano que se venden en Sabon Gari, uno de los principales centros de comercio electrónico usado del norte de Nigeria. Issa pagó 100.000 nairas (unos 67 euros) por los dos frigoríficos, un precio que en aquel momento casi le habría permitido comprar uno nuevo de tamaño similar.
Abdulwaheed Sofiullahi
Como millones de nigerianos, Issa confiaba en que los productos usados procedentes del extranjero “duraban más” que los nuevos de importación, más baratos. Sin embargo, apenas un mes después de adquirirlos, los dos frigoríficos dejaron de funcionar. Sin poder mantener fríos los refrescos, perdió numerosos clientes y su negocio se vino abajo. No le quedó más remedio que regresar al mercado en busca de otros aparatos.
La experiencia de Issa refleja una crisis mucho mayor: Nigeria se ha convertido en uno de los principales destinos de los aparatos electrónicos desechados en todo el mundo. Allí llegan productos que a menudo están al final de su vida útil, otros que ya no funcionan e incluso aparatos que contienen sustancias tóxicas.
Nigeria sigue siendo, con diferencia, el mayor generador de residuos electrónicos de África occidental. Su volumen de desechos, estimado en medio millón de toneladas en 2025, según las autoridades medioambientales nigerianas, aumenta al mismo tiempo que crece el consumo de aparatos eléctricos y electrónicos en el país.
Estos electrodomésticos representan una amenaza creciente para la salud pública y el medioambiente no solo en Nigeria, sino en toda África: de los 3,55 millones de toneladas de residuos electrónicos que produjo el continente en 2022, solo el 0,7% se recogió oficialmente para su reciclaje, según Global E-waste Monitor, el Observatorio Mundial de los Residuos Electrónicos de la ONU.
Este comercio está impulsado, en gran medida, por exportadores extranjeros. Un estudio de seguimiento de la ONU revela que más del 85 % de los aparatos electrónicos usados que se importan a Nigeria proceden de Alemania, Reino Unido, Bélgica, Países Bajos, España, China, Estados Unidos e Irlanda y que muchas de estas importaciones incumplen las restricciones internacionales.
Tanto el Convenio de Basilea como la legislación medioambiental nigeriana prohíben el transporte internacional de residuos electrónicos peligrosos, y contemplan multas y penas de prisión para quienes incumplan estas normas. A pesar de ello, se sabe que algunos comerciantes declaran que los productos son para uso propio, o que se trata de artículos domésticos de segunda mano para eludir los controles. Por lo tanto, el flujo de estos productos apenas encuentra obstáculos. Aunque la Agencia Nacional de Aplicación de Normas y Reglamentos Medioambientales de Nigeria (NESREA, por sus siglas en inglés) afirma que los mecanismos de control han mejorado, los comerciantes de Sabon Gari confirman que la mayoría de los aparatos se vende “tal cual”, sin certificación ni garantía.
Adefemi Adegbite, exdirector adjunto del Ministerio Federal de Medioambiente de Nigeria, afirma que la debilidad de los controles fronterizos sigue siendo uno de los principales obstáculos. “Incluso con las medidas existentes, la porosidad de nuestras fronteras dificulta la aplicación de la normativa”, cuenta a este periódico. Señala que Nigeria no tiene ni las infraestructuras ni la capacidad reguladora necesarias para gestionar eficazmente la creciente avalancha de residuos electrónicos.
El problema es sistémico, sostiene Gboyega Olorunfemi, analista de políticas medioambientales en Abuya, la capital de Nigeria. “Los países exportadores suelen aprovechar las lagunas legales, por ejemplo, reclasificando los residuos electrónicos que no funcionan como ‘artículos de segunda mano’ o ‘productos para reparar”, explica. Tanto es así que, en algunos casos, se estima que hasta el 75 % de los productos enviados a países del Sur Global son chatarra. De esta manera, los exportadores evitan los costes del reciclaje en los países ricos y trasladan residuos peligrosos a países que no cuentan con el mismo nivel de protección.
La ONU define los residuos electrónicos como aparatos desechados que funcionan con batería o enchufados a la corriente y que contienen sustancias peligrosas, como el mercurio, capaces de poner en grave peligro tanto la salud humana como el medioambiente. Varios de los componentes tóxicos que suelen encontrarse en estos residuos figuran entre las diez sustancias químicas que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera de especial preocupación para la salud pública.
Muchos de los frigoríficos y aparatos de aire acondicionado importados todavía contienen clorofluorocarbonos (CFC) e hidroclorofluorocarbonos (HCFC), como el R-12 y el R-22, compuestos ya prohibidos o retirados progresivamente del mercado europeo y estadounidense por su contribución al deterioro de la capa de ozono y por estar relacionados con el cáncer, los abortos espontáneos, la supresión del sistema inmunitario, los trastornos neurológicos y la contaminación del suelo a largo plazo. Estos gases pueden permanecer en el medioambiente entre 12 y 100 años. Cada aparato que sufre una fuga contribuye, por tanto, a una carga medioambiental que puede afectar a varias generaciones.
Mientras tanto, en el Estado nigeriano de Kano, los trabajadores del sector informal del reciclaje desmontan estos aparatos con las manos desnudas cuando descubren que ya no funcionan. Inhalan vapores tóxicos y manipulan metales pesados sin ningún tipo de protección, a cambio de ingresos semanales de entre 3.500 y 14.000 nairas (2 y 9 euros). La OMS relaciona este tipo de exposición con el desarrollo de enfermedades respiratorias, daños en el aparato reproductor, alteraciones del ADN, cáncer, trastornos del desarrollo y malformaciones congénitas.
La crisis también afecta a las comunidades que viven en Kano. Los estudios sanitarios realizados entre trabajadores ocasionales del reciclaje y residentes de zonas cercanas han detectado síntomas que van desde dolores de cabeza crónicos, irritaciones cutáneas y problemas respiratorios hasta abortos espontáneos, trastornos neurológicos y encanecimiento prematuro, compatibles con una exposición prolongada a sustancias tóxicas.
Evaluaciones de campo recientes en Sabon Gari y sus alrededores han puesto de manifiesto concentraciones crecientes de metales pesados en el suelo y los canales de drenaje. Investigaciones realizadas por universidades nigerianas también documentan alteraciones biológicas persistentes entre los trabajadores de los mercados de chatarra del norte del país, en consonancia con los patrones observados en otros grandes focos de residuos electrónicos de África.
“La quema al aire libre y el desmontaje manual exponen a los trabajadores del mercado de Sabon Gari y a los residentes de las inmediaciones a concentraciones elevadas de sustancias tóxicas. Esto resulta especialmente perjudicial para los niños y las mujeres embarazadas, que pueden estar expuestos a sustancias que alteran el desarrollo, así como para los recicladores, cuya falta de equipos de protección provoca exposiciones repetidas que pueden causar daños irreversibles”, explica a este diario la doctora Olabintan Odunola, directora ejecutiva de Health City, una web nigeriana especializada en salud.
Ganancias a costa de la protección
Comprar un electrodoméstico de segunda mano que funcione correctamente en Kano puede convertirse en una apuesta arriesgada que muchas familias se ven obligadas a asumir. Abdulrazaq Umar, un comerciante cuya tienda visitó Issa después de que su congelador dejara de funcionar, explica que muchos de los aparatos que vende llegan sin haber sido revisados. “Los compramos sin probarlos a proveedores europeos y los vendemos también sin probarlos para poder obtener beneficios”, cuenta. En su tienda, los frigoríficos, los aparatos de aire acondicionado y las lavadoras importados se amontonan unos junto a otros. Se anuncian como productos “usados en Londres” o procedentes “directamente de Bélgica”. Poco antes de esta entrevista, Umar había negociado la venta de un frigorífico de dos puertas por 120.000 nairas (80 euros).
El vendedor, que importa y exporta aparatos electrónicos usados desde y hacia Irlanda, añade que algunos proveedores mezclan productos que funcionan con otros que están averiados, algo que él asegura que no hace. Los aparatos, cuyo valor conjunto asciende a millones de nairas, se cargan en barcos y se envían a la ciudad de Lagos antes de ser transportados hasta Kano. En ocasiones viajan en contenedores o incluso dentro de vehículos para reducir las posibilidades de que sean inspeccionados.
Usman Hassan, otro vendedor de aparatos electrónicos de segunda mano en el mercado, señala que el precio suele ser el factor decisivo. “Suelo optar por aparatos electrónicos de segunda mano o procedentes del extranjero porque los nuevos son demasiado caros para mí”, explica. Sin embargo, el último frigorífico que adquirió dejó de enfriar al cabo de apenas tres meses. Al no tener garantía, el vendedor se negó a asumir la responsabilidad. “Durante semanas no pudimos conservar bien los alimentos en casa y acabamos comprando comida todos los días, lo que resultaba más caro”, relata. “Aun así, tengo que comprar otro”, lamenta Hassan.
Más pérdidas
Para los pequeños empresarios como Hassan, las pérdidas pueden ser aún más devastadoras. Compró un congelador usado para su negocio, convencido de que había sido revisado y reparado. En cuestión de semanas, dejó de funcionar. “Perdí muchos alimentos congelados, lo que significó perder dinero y clientes”, recuerda. Solo le habían concedido dos días para probar el aparato, por lo que no pudo reclamar cuando este se estropeó. En su barrio, los aparatos electrónicos averiados suelen abandonarse en la calle, donde se amontonan, a veces desprendiendo humo o echando chispas. Por ese motivo, Hassan reclama controles más estrictos sobre las importaciones, certificaciones adecuadas y garantías obligatorias para proteger a los compradores frente a productos que describe como “unos aparatos averiados disfrazados de artículos usados en buen estado”.
Detrás de este comercio existe una red de recolectores y exportadores que compran aparatos desechados por toda Europa. Los equipos electrónicos usados se recogen en mercadillos de fin de semana, entre particulares que sustituyen los aparatos antiguos de sus hogares y a través de empresas contratistas que retiran equipos de oficinas, hoteles y hospitales.
Ibrahim Adamu, responsable de programas de una ONG con sede en Lagos, advierte que los aparatos electrónicos de segunda mano tienen una gran demanda en Nigeria, mientras que en Europa o Asia se desechan en grandes cantidades. Por ello, los mayores beneficios quedan en manos de los exportadores e intermediarios, que venden los productos en Nigeria a precios superiores a los que alcanzan en Europa o Asia. “Nigeria necesita reforzar las inspecciones en sus fronteras y adoptar la responsabilidad ampliada del productor (RAP). La comunidad internacional debe hacer lo mismo mediante normas vinculantes que garanticen que los fabricantes y exportadores asuman su responsabilidad”, estima.
Fuente: https://elpais.com/planeta-futuro/2026-10-22/como-los-frigorificos-usados-de-europa-envenenan-el-noroeste-de-nigeria.html - Imagen de portada<: La tienda de Abdulrazaq Umar, donde vende electrónicos usados en el mercado de Sabon Gari, en el Estado de Kano, (Nigeria), el pasado el 27 de mayo. ABDULWAHEED SOFIULLAHI

