La Amazonía se calienta, pero el frío extremo pone al límite a sus insectos
El cambio climático está volviendo más impredecible el frío en la Amazonía. Algunas especies, de las que depende el bosque, ya están a menos de un grado del frío que pueden soportar: En la Amazonía, el bosque se escucha antes de verse. Y casi todo lo que se escucha son insectos. Al amanecer, las abejas sin aguijón zumban a la entrada de sus colmenas. Con el calor, el chirrido de las chicharras lo cubre todo. Al caer la noche, los grillos toman el relevo. Hasta que llega el frío. En pocas horas, la temperatura puede caer más de 10°. La selva queda en silencio. Los insectos desaparecen. Algunos vuelven con el calor. Otros apenas resisten.
Sally Jabiel
Cuánto frío aguantan es lo que mide Elena Chaboteaux en la Estación Biológica Manu, que gestiona Conservación Amazónica. La científica coloca un escarabajo pelotero en un tubo y baja la temperatura medio grado por minuto. El insecto se inquieta hasta que sus movimientos se vuelven torpes. En el laboratorio, puede detener el frío. En el bosque, llega de golpe.
Los friajes son masas de aire frío que nacen cerca de la Antártida, cruzan Sudamérica y entran a la Amazonía peruana por Madre de Dios, donde se sienten con más intensidad.
“Los insectos tienen un rango de temperatura en el que pueden funcionar y otro en el que no”, explica Chaboteaux. “Un pequeño cambio de temperatura puede afectar la polinización, la bioturbación del suelo y el ciclo de los nutrientes. Todo lo que hacen los insectos por el bosque”.
Los friajes siempre han sido parte del clima amazónico, pero son cada vez menos predecibles. “Hasta ahora nos hemos centrado en que la Amazonía se va a calentar más. Pero, ¿cómo van a responder estas especies al frío? No sabemos qué tan protegidas están frente a estos cambios”, advierte Alejandro Lopera-Toro, director científico de la Estación Biológica Manu.
Fuera de calendario
Luis Tayori sabía que el frío venía cuando florecía el árbol del cético (Cecropia membranacea). Para los harakbut, de Madre de Dios y Cusco, ese era el Tonko üü’ok, el tiempo de friaje del cético. “Los animales se volvían mansos, devoraban las hojas y las frutas sin poder escapar”, recuerda Tayori, uno de los autores del calendario fenológico harakbut. “Y ahí aprovechábamos para cazarlos. Pero ese calendario se ha roto”.
Los pueblos indígenas también tienen nombres para estos fenómenos: ü´ü´eka´ok en harakbut, katsingagiterijenga en nomatsigenga y katsinkaiteri en asháninka. En la Reserva Comunal Asháninka, en Junín, Richar Demetrio, guardaparque y científico indígena, ve el mismo cambio. Ciertas ranas y hasta las estrellas anunciaban el friaje. “Antes sabíamos exactamente cuándo venía. Ahora ya no”, afirma.
En 2025, Perú registró 30 friajes, la cifra más alta en 18 años, según el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi). Aunque suelen ocurrir entre abril y septiembre, 13 llegaron fuera de temporada. Solo en marzo, en pleno verano amazónico, hubo cinco.
Pero más friajes no significa más olas de frío. Para que un friaje se convierta en una ola de frío debe prolongarse durante varios días, explica José Marengo, investigador del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Algunas han sido devastadoras. En 1975 y 1994 arrasaron los cafetales del sur de Brasil y en la Amazonía brasileña y peruana hubo descensos de hasta 11°. “La tendencia es al calentamiento, por lo que tendremos menos olas de frío. Aun así, podemos tener friajes muy intensos”, dice el climatólogo.
Lo que sí ha cambiado es el calendario. Hace cuatro décadas, el “friaje de San Juan” llegaba casi siempre el 29 de junio. Ahora estos fenómenos aparecen fuera de fecha y, a veces, seguidos. “Los eventos están saliendo de la definición clásica”, añade Marengo, y sus impactos son mayores “justamente cuando no se esperan”.
Menos de un grado
En junio de 2023, un friaje llegó hasta Los Amigos, otra estación biológica de Conservación Amazónica, donde un equipo de la Universidad de Würzburg estudiaba insectos. La temperatura cayó de 23,9° a 10,5°. Los insectos desaparecieron. Una semana después, con el calor, la mayoría se recuperó. Pero uno de cada cuatro había estado a menos de un grado (0,62°) del frío que podía soportar.
Cuando baja la temperatura, los insectos reducen su actividad y deben escoger entre esconderse, alimentarse, reproducirse o defenderse. “No pueden hacer todo a la vez porque el clima no se lo va a permitir”, dice Lopera-Toro. “Tienen estrategias para protegerse del frío, pero tampoco están acostumbrados a una sucesión de friajes continuos”.
Los escarabajos peloteros pueden refugiarse bajo tierra, donde entierran el estiércol del que se alimentan. Durante aquel friaje, el aire cayó a 10,5°, pero el suelo se mantuvo en 20,3°. Aun así, fueron los únicos que no lograron recuperarse.
Una mariposa, en cambio, no tiene dónde esconderse. Geoffrey Gallice lleva casi una década estudiándolas en Finca Las Piedras, centro de investigación de la Alianza para una Amazonía Sostenible, en Madre de Dios. Cada mes, su equipo cuelga trampas con plátano fermentado entre los árboles. En un día normal, cada trampa atrapa unas 25 mariposas y polillas. Durante un friaje, quedan casi vacías.
“El peor escenario para una mariposa que vive poco tiempo y está lista para reproducirse es que llegue un friaje de una semana”, explica el entomólogo. Para algunas polillas, una semana es toda su vida; muchas nacen sin aparato bucal y tienen pocos días para reproducirse. Y entre junio y julio, los friajes pueden encadenarse en olas de frío de hasta dos semanas.
Abejas nativas sin aguijón en la región de Madre de Dios. DIEGO PÉREZ ROMERO
Las abejas nativas sin aguijón generan su propio calor. Se agrupan en sus colmenas, baten las alas y pueden pasar cinco días sin salir. César Delgado, entomólogo del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana, ha estudiado especies que soportan entre 9° y 34°. “Eso las hace más resilientes al cambio climático que otras especies”, sostiene.
Pero tienen límites. Sixto Cruz los conoce bien. Lleva 40 años criando estas abejas. “Cuando deberían estar trabajando, están guardadas por el frío, y eso afecta la polinización de las flores”, cuenta. Ahora encuentra abejas muertas fuera de las colmenas, sobre todo las más pequeñas. “Eso antes no se veía”.
El límite del bosque
Puede desaparecer una mariposa y el bosque seguir en pie. Al principio, quizá no cambie nada visible. Pero los insectos polinizan cultivos, reciclan la materia orgánica y sostienen las redes de las que dependen otras especies.
“Son los titiriteros de las redes que hacen que el bosque funcione”, dice Lopera-Toro. Las abejas Euglossa, por ejemplo, son las únicas capaces de polinizar la castaña, según el Atlas del alimento amazónico. Si desaparecen dos, tres o cuatro especies, explica el científico, la red puede empezar a romperse.
Gallice lo resume de otra manera: “Hay un punto en que el impacto es irreversible. Y no sabemos dónde está ese punto”. Ese límite no está solo en el bosque. Según el Senamhi, 302 distritos de la Amazonía peruana están expuestos a los friajes y cerca de tres millones de personas viven en zonas de riesgo alto o muy alto. Marengo recuerda que, durante la ola de frío de 1975, murieron niños indígenas en Brasil. “Pero no se registraron sus muertes. Los pueblos indígenas son los más vulnerables”. En la Reserva Comunal Asháninka, Demetrio ve una parte de ese futuro en las mariposas. “Cuando mueren muchas, ya sabemos que el próximo año no habrá una polinización tan efectiva”, dice. “Si no hay estas especies, en 15 o 20 años no habrá alimentación para nosotros”. Hasta dónde llegarán sus efectos todavía no se sabe. Por ahora, los escarabajos peloteros son la señal más clara de que el frío puede irse antes que sus efectos.
Este reportaje fue realizado con el apoyo del Pulitzer Center.
Fuente: https://elpais.com/america-futura/2026-10-12/la-amazonia-se-calienta-pero-el-frio-extremo-pone-al-limite-a-sus-insectos.html






