La lucha inconclusa por las tierras Nama
Desde Namibia, Louivenzia Komases, referente del Pueblo Nama, escribe en exclusiva para Negrx sobre la historia del despojo territorial y los actuales reclamos de reparación. Luego del debate en el Parlamento alemán sobre el genocidio perpetrado durante el dominio colonial en Namibia, que tuvo lugar hace algunos días, analiza las deudas históricas que persisten y las demandas de justicia de su pueblo.
Por: Louivenzia Komases
Desde Namibia
Cuando el sol comienza a ponerse en Daweb!gaos [una localidad de Namibia], veo a Oumas [Abuela] junto a su casilla de chapa, cuidando a |Goaros [Niña], su nieta enferma, que ese día no ha comido. Oumas contempla con tristeza las llanuras secas y rocosas. Sueña con la tierra que su pueblo tuvo alguna vez, donde crecía la vegetación que les proporcionaba alimentos y donde los conocimientos sobre las plantas indígenas podían ayudar a curar a |Goaros. Recuerda a su propia abuela, enterrada en una tierra no muy lejos de Daweb!gaos, que la cuidó y le transmitió los conocimientos medicinales heredados de generación en generación. Sin embargo, no puede visitar su tumba. Esa tierra ahora pertenece a conservacionistas que hablan de restaurar la naturaleza y proteger el ambiente. Pero ¿qué significa proteger el ambiente cuando se impide que una abuela indígena visite la tumba de la mujer que la crió? ¿Qué significa la conservación para una niña hambrienta cuando la tierra que sostuvo a sus antepasados está fuera de su alcance?
El pueblo Nama está compuesto por 13 naciones, cada una históricamente soberana, con su propio territorio, sistemas de gobierno e instituciones. Pertenezco a la Nación Kai ||Khaun ||Aes [Nación Roja], y en conjunto estas naciones ocupan lo que hoy es el sur de Namibia y algunas regiones de Sudáfrica y Botswana. Para nosotros, la tierra no es simplemente una propiedad. Es memoria, sustento, medicina, ancestralidad y pertenencia. Cuando nos quitan la tierra, la pérdida va mucho más allá del territorio. Interrumpe la transmisión de conocimientos y prácticas culturales, así como la capacidad de un pueblo para determinar cómo vivirá. La tierra recuerda aquello que quienes la controlan pueden elegir olvidar. Para comprender por qué esta cuestión sigue siendo urgente, debemos examinar qué ocurrió con las tierras Nama durante el dominio sudafricano y qué cambió, y qué no, con la independencia, más allá del genocidio colonial alemán.
La construcción de una cuestión territorial
La conquista colonial alemana no fue solamente una campaña de violencia militar. También fue un proyecto de apropiación territorial. El dominio alemán intensificó el despojo de las comunidades Nama y Ovaherero [otro pueblo indígena de Namibia], debilitando su autoridad política y su capacidad de subsistir en sus tierras ancestrales. El genocidio iniciado en 1904 provocó miles de muertes, incluyó violencia sexual generalizada, expulsó a personas de sus territorios y sometió a sobrevivientes y prisioneros a condiciones brutales, muchas veces mortales, en campos de concentración.
En Shark Island, frente a la costa de Lüderitz, uno de los campos de concentración coloniales alemanes donde el pueblo Nama padeció condiciones brutales, muchas veces mortales, me siento atrapada, incapaz de moverme. Siento que estoy reviviendo el sufrimiento de mi pueblo. El viento todavía lleva sus gritos; el océano recuerda el sabor de su sangre. No puedo estar allí como si visitara cualquier sitio histórico. Siento el peso de una violencia que nunca se ha separado por completo del presente.
El genocidio de los pueblos Nama y Ovaherero atacó la vida humana, pero también transformó quién podía ocupar, utilizar y controlar la tierra. La destrucción de las comunidades y la apropiación territorial no fueron historias separadas. Se reforzaron mutuamente. La cuestión territorial formó parte del orden colonial construido mediante esa violencia.
El dominio colonial alemán terminó durante la Primera Guerra Mundial, pero el despojo no. La administración sudafricana, iniciada en 1915, heredó y mantuvo un sistema racial de control de la tierra. Bajo el apartheid, ese sistema se profundizó mediante políticas que segregaban a las personas según clasificaciones raciales y restringían los lugares donde las comunidades negras podían vivir, trabajar y sostener sus medios de vida. El Plan Odendaal de la década de 1960 formalizó un sistema de territorios y reservas étnicas. En el sur de Namibia, Namaland formó parte de esa reorganización territorial. Estas medidas no restituyeron la soberanía indígena sobre las tierras ancestrales. Reorganizaron el espacio bajo un Estado que continuó ejerciendo un control decisivo sobre la tierra y la vida política.
Independencia sin restitución plena
Namibia obtuvo su independencia en 1990. Fue una conquista histórica, alcanzada tras generaciones de lucha. Sin embargo, el nuevo Estado heredó una distribución profundamente desigual de la tierra, moldeada por el colonialismo alemán y el apartheid sudafricano. La respuesta del gobierno priorizó la reconciliación nacional y una redistribución gradual, incluido un mecanismo de compra de tierras agrícolas comerciales basado en la voluntad de vender y comprar. La reforma agraria tuvo lugar, pero no produjo una restitución integral de los territorios ancestrales.
El artículo 16 de la Constitución de Namibia protege el derecho de propiedad y contempla la expropiación por interés público, sujeta a una compensación justa. Esto no significa que la Constitución prohíba la restitución de las tierras ancestrales. La cuestión es cómo las garantías constitucionales, las políticas agrarias y las decisiones políticas han condicionado la respuesta al despojo histórico, y por qué las reivindicaciones territoriales ancestrales siguen sin resolverse.
Para las comunidades indígenas, no se trata solamente de redistribuir más tierras. También se trata de reconocer las reivindicaciones históricas, las relaciones consuetudinarias con el territorio y los sistemas indígenas de autoridad en las decisiones sobre la tierra. La independencia no deshizo automáticamente las estructuras mediante las cuales la tierra fue enajenada, controlada y distribuida. Tampoco garantizó que las comunidades Nama pudieran regresar a sus lugares ancestrales, visitar las tumbas de sus antepasados o ejercer una autoridad efectiva sobre las decisiones que afectan sus territorios.
Cuando la conservación se convierte en otra frontera
Una tierra que antes se reclamaba para uso comercial puede presentarse después como valiosa porque supuestamente está vacía, intacta o necesita ser devuelta a la naturaleza. Sin embargo, una tierra no está vacía simplemente porque quienes vivieron allí ya no sean visibles. Las personas recorrieron esos territorios, recolectaron alimentos, pastorearon animales, mantuvieron relaciones con lugares específicos y desarrollaron conocimientos durante generaciones. Su ausencia puede ser consecuencia del despojo, no una prueba de que nunca pertenecieron allí.
El lenguaje contemporáneo puede hablar de biodiversidad, naturaleza salvaje, turismo o acción climática. Pero debemos seguir preguntándonos quién define el futuro de la tierra y quién es considerado un problema.
Esta cuestión también es relevante para las ambiciones de Namibia en materia de hidrógeno verde y otros proyectos de desarrollo en zonas como Tsau ||Khaeb. La transición hacia las energías renovables es importante frente a la crisis climática. Pero un proyecto no se vuelve justo simplemente porque su energía sea verde. Si los pueblos indígenas son tratados como partes interesadas a las que se consulta, en lugar de reconocerse como titulares de derechos cuyo consentimiento debe respetarse, un nuevo modelo de desarrollo puede reproducir viejas desigualdades.
Un futuro justo no puede construirse pidiendo a los pueblos indígenas que entreguen sus territorios, a los que nunca renunciaron libremente, esta vez en nombre de salvar el planeta.
Las reparaciones deben alcanzar la tierra
La responsabilidad de Alemania por el genocidio y sus consecuencias sigue siendo central para la lucha Nama. La Declaración Conjunta entre Alemania y Namibia de 2021 fue presentada como un marco para abordar el genocidio, pero las comunidades indígenas afectadas cuestionaron el proceso de negociación, sus términos y la suficiencia de su enfoque de las reparaciones. Las cuestiones relativas a la representación, las tierras ancestrales y la relación entre el reconocimiento y la justicia material siguen sin resolverse.
Un acuerdo entre gobiernos no puede resolver por sí solo las reivindicaciones de los pueblos cuyas historias y futuros están en juego. El reconocimiento del genocidio importa. El reconocimiento oficial importa. Pero ¿qué significa ese reconocimiento si no contribuye a reparar las condiciones creadas por el despojo? ¿Qué significa la reconciliación cuando los descendientes de quienes sufrieron siguen luchando por ejercer una autoridad efectiva sobre sus territorios ancestrales?
Las reparaciones no pueden reducirse a la asistencia para el desarrollo ni separarse de la cuestión de la tierra. Deben responder a las consecuencias concretas de la injusticia histórica. Esto requiere la participación significativa de las comunidades Nama afectadas en las decisiones sobre qué significa reparar, cómo hacerlo y qué debe cambiar.
El Estado alemán no puede tratar el genocidio como un capítulo cerrado mientras sus consecuencias sigan sin resolverse. Namibia también debe enfrentar la distancia entre su compromiso con la igualdad y las realidades de la gestión de la tierra. La responsabilidad histórica y la responsabilidad política actual son distintas, pero ambas importan. Una no excusa a la otra.
La responsabilidad de recordar
En esta época del año, las tormentas de polvo cubren Daweb!gaos como una manta. Cuando las partículas finas se depositan sobre mi piel, siento el abrazo cálido de mis mayores, de quienes estuvieron antes que nosotros. Lo entiendo como un mensaje de los Ancestros. Siento su presencia. Siento que viven en la tierra, que no han desaparecido y que recuerdan. El polvo me recuerda que, como hija de la poderosa Nación Kai ||Khaun ||Aes, también tengo la responsabilidad de recordar.
Recordar significa preguntarnos qué les debemos a quienes nos precedieron y a quienes vendrán después. Significa negarnos a aceptar que las tumbas ancestrales, las plantas medicinales, las tierras de pastoreo y los territorios que guardan nuestras historias puedan separarse de las personas cuyas vidas están ligadas a ellos. Significa insistir en que las decisiones sobre nuestras tierras no pueden tomarse sin nosotros.
La experiencia Nama plantea una pregunta que atraviesa los océanos: ¿puede haber justicia cuando los pueblos indígenas son celebrados como guardianes de la cultura y la naturaleza, pero quedan excluidos de las decisiones sobre los territorios que sostienen a ambas?
Oumas y |Goaros siguen conmigo. También la abuela cuya tumba Oumas no puede visitar. Pienso en Shark Island, donde las rocas dan testimonio del sufrimiento, y en el polvo que se desplaza por Daweb!gaos, llevando la presencia de nuestros Ancestros. La tierra recuerda. Pero recordar no basta para hacer justicia. No pedimos solamente que se nos recuerde como un pueblo que sobrevivió al genocidio y al apartheid. Exigimos el derecho a vivir, a pertenecer, a cuidar nuestros territorios ancestrales y a determinar nuestro futuro.
El 14 de octubre, el Parlamento alemán (Bundestag) debatió dos iniciativas para reconocer plenamente el genocidio cometido contra los pueblos Nama y Ovaherero durante el dominio colonial. La sesión estuvo marcada por fuertes discusiones y terminó en un escándalo tras la intervención de un diputado de Alternativa para Alemania (AfD). Las iniciativas fueron remitidas a una comisión parlamentaria para continuar su tratamiento, por lo que todavía no hay una resolución. Más de un siglo después, el reconocimiento formal del Bundestag y las reparaciones a los pueblos afectados siguen pendientes.
La tierra recuerda quiénes somos. La pregunta es si quienes la gobiernan están dispuestos a reconocer nuestro derecho a permanecer.
*Miembro de la Nación Kai ||Khaun ||Aes del pueblo Nama, investigadora y defensora de los derechos territoriales indígenas. Se graduó con un título honorífico en Gestión Pública, con orientación principal en Ciencia Política, en la Universidad de Namibia (UNAM).

