Seguro de viaje submarino: cómo proteger de principio a fin
La conservación marina ya no va solo de proteger un cuadrado en el mapa, sino de proteger las grandes rutas de las especies a través del océano: Ta-ta-ta… Tá. Ta-ta-ta… Tá. Tres golpes ligeros y uno que pesa. Tres de alegría y uno de pausa. En las músicas populares del Mediterráneo, muchos ritmos suelen organizarse alrededor de este patrón.
Eduardo Robaina
Es el ritmo, por ejemplo, de las palmas tranquilas de la rumba flamenca. Y también es la coda con la que hablan los cachalotes en este lado del mundo. Quizá los primeros navegantes del Mediterráneo se inspiraron en los chasquidos de estos grandes cetáceos para componer sus canciones. O quizás ese ritmo es algo más antiguo, algo que conecta nuestra especie con las profundidades al principio de los tiempos. Pero son todo especulaciones.
La música es una parte importante de la cultura humana, pero nuestro mundo es eminentemente visual: vivimos en la imagen. Los cachalotes, sin embargo, viven en el sonido. Emiten de forma constante estas series de patrones rítmicos con los que transmiten información sobre la forma de comer, sobre la dirección que siguen o sobre las relaciones familiares. A través de estas codas, que pueden alcanzar los 230 decibelios y tienen variaciones dialectales, componen un sistema de comunicación complejo y lleno de matices que solo estamos empezando a comprender.
La importancia de estos patrones llevó a la asociación Tursiops, de las islas Baleares, a crear el proyecto CODA 3+1 con el apoyo del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). La iniciativa, lanzada en 2021, permitió constatar que la población de cachalote del Mediterráneo había descendido en un 70% en las últimas tres generaciones. Con estos datos, se elaboró una propuesta para catalogar el cachalote como especie en peligro de extinción, aunque de momento sigue etiquetada como vulnerable en el Catálogo Español de Especies Amenazadas.
Pero ha sido otro hallazgo de Tursiops el que ha ocupado portadas e incluso algún que otro discurso en el último año: la guardería de cachalotes del Mediterráneo. «Nosotros la llamamos la zona de cría del norte de Menorca», señala Txema Brotons, fundador de Tursiops. «En Baleares hay cachalotes todo el año, es una zona muy importante para la ecología de esta especie en el Mediterráneo. Aquí encontramos sus tres grandes dinámicas sociales: machos adultos solitarios, grupos de machos jóvenes y grandes grupos formados por las hembras con las crías y los ejemplares inmaduros».
En las aguas del norte de Menorca hay, sobre todo, hembras con crías. Es una zona de difícil acceso, castigada por los vientos de tramontana y alejada de tierra, lo que complica las campañas de estudio. Aun así, con los datos que han recogido a través de la observación directa y de micrófonos submarinos, los científicos de Tursiops han elaborado una propuesta de área marina protegida para la guardería de cachalotes: una superficie de 34.172 kilómetros cuadrados al norte y al este de Menorca.
«No sabemos bien por qué se concentran allí. Puede que sea una zona más tranquila, para los estándares del Mediterráneo, o que sea una zona de productividad elevada, que tenga la comida que buscan las hembras con crías», añade Brotons. Aunque faltan datos, la importancia ecológica de esta área de cría está fuera de toda duda. Tanto, que el MITECO está trabajando, a partir de la propuesta de Tursiops, en un proyecto para establecer allí una de las nuevas áreas marinas protegidas con las que quiere aumentar hasta el 30% la superficie marina española bajo alguna figura de protección.
Aunque las áreas marinas protegidas existen en España desde 2007, solo se han creado dos: El Cachucho, frente a las costas asturianas, y el corredor de migración de cetáceos del Mediterráneo. Esta última no es una zona de cría ni un prístino arrecife, sino un área con un gran volumen de navegación que se extiende entre el cabo de la Nao, al sur del golfo de Valencia, y el cabo de Creus, alnorte del golfo de Rosas, en Girona.
Este pasillo, de unos 85 kilómetros de ancho, es un área de paso, pero también de alimentación y de reproducción, para cachalotes, rorcuales comunes, varias especies de delfines y calderones. La creación del área marina protegida limitó algunas actividades en la zona (como las prospecciones submarinas), pero por ahora no ha logrado reducir los riesgos del tráfico marítimo. Según WWF, el 80% de la distancia recorrida por buques mercantes en la zona sucede a velocidades con riesgo letal para las ballenas, en caso de colisión.
Para Txema Brotons, una solución para el corredor del Mediterráneo podría ser implementar medidas de protección centradas en la especie, como herramientas que permitan detectar la presencia de cetáceos y modificar rutas o reducir velocidades de forma automática. «Si el problema son las colisiones, ¿por qué no implementar medidas para evitarlas sea cual sea el lugar en que aparezca un cachalote?», reflexiona el fundador de Tursiops.
El corredor mediterráneo pone también el acento en otro tema relevante: ¿estamos protegiendo bien nuestros mares? El Tratado Global de los Océanos, en vigor desde el 1 de enero, busca blindar el 30% de la superficie marina mundial. Sin embargo, algunos estudios ponían ya en duda esta meta desde antes de que fuese efectivo el tratado.
«Hemos reunido datos de más de 12.000 animales de más de un centenar de especies de megafauna marina durante 30 años. Los gigantes del océano usan una gran parte de los mares, por lo que proteger el 30% de la superficie todavía dejaría desprotegida una porción importante del espacio que necesitan», explica Ana M. M. Sequeira, profesora e investigadora de la Universidad Nacional de Australia. Sequeira es la líder de MegaMove, un trabajo pionero en el que han participado más de 400 científicos de 50 países y que abre la puerta a replantearse la protección de los océanos.
El estudio analiza 111 especies marinas de gran tamaño (como tiburones, ballenas o tortugas) y concluye que necesitan el 63% del espacio oceánico para actividades clave como migrar o reproducirse. Es decir, centrarse solo en proteger el 30% de la superficie es insuficiente para abarcar todas las zonas críticas para las especies marinas amenazadas. Además, la investigación pone en duda los criterios por los que a veces se escogen esas áreas marinas protegidas. Solo el 5% de las áreas importantes para la megafauna marina está protegido, mientras el 90% está expuesto al tráfico marítimo y en el 75% se desarrollan actividades de pesca industrial.
«No queremos poner en duda el Tratado Global de los Océanos. Aumentar la protección oceánica al 30% puede generar enormes beneficios para la megafauna marina», añade Sequeira. «Sin embargo, ese 30% debería complementarse con medidas de mitigación adicionales para paliar el hecho de que no se pueden proteger todas las áreas que son importantes para la megafauna marina».
Un cuello de botella
En los últimos veranos, un cetáceo con nombre propio se ha hecho también un hueco en los telediarios y en las redes sociales: Gladis. Aunque pueda parecer que hablamos de un único ejemplar, en realidad, así es como se llama a cualquier orca que interactúa con barcos. De acuerdo con los datos del Grupo de Trabajo Orca Atlántica, ahora mismo hay identificadas en aguas de la península Ibérica 14 gladis. Sus acercamientos a veleros, a los que en algunos casos dejan a la deriva tras golpear el timón, les ha granjeado cierta mala fama. Sin embargo, estos animales nos cuentan una historia muy diferente.
Las orcas que viven en aguas de la península Ibérica tienen como base el estrecho de Gibraltar, donde se alimentan de su presa favorita, el atún rojo. Después, en los meses de verano y otoño, hacen incursiones a lo largo de la costa atlántica y cantábrica, llegando incluso hasta Francia. Y en invierno se dispersan hacia aguas profundas para volver después al estrecho. Esta subpoblación de orca ibérica, formada en la actualidad por 44 ejemplares y 3 grandes familias, tiene características singulares, como un tamaño algo más reducido de lo habitual o una predilección especial por el atún.
«Sabemos que están en la zona del estrecho mucho tiempo», señala Renaud de Stephanis, uno de los fundadores de CIRCE, una organización para la conservación y el estudio de los cetáceos. El problema es que el estrecho es, también, uno de los puntos con mayor densidad de tráfico marítimo del planeta, como única vía de comunicación entre el Mediterráneo y el Atlántico. Por allí pasan más de 100.000 barcos de mercancías al año, además de muchas otras embarcaciones más pequeñas.
Las aguas del estrecho y el mar de Alborán, la parte más occidental del Mediterráneo, son además una importante zona de paso para un grupo de rorcuales que todos los años migra entre el golfo de León (Francia) y Liguria (Italia) hasta el Atlántico Norte. «No sabemos cuántos hay, pero creemos que son unos 700 animales», añade De Stephanis. «Y también tenemos una población importante de cachalotes que se mueve entre el mar de Alborán y las Baleares, unos 800 animales».
Protección moderada
En la zona hay, además, calderones, delfines mulares, delfines comunes y delfines listados, lo que convierte el estrecho no solo en una autopista del tráfico de mercancías, sino también en una vía vital para los cetáceos. Y aunque allí conviven varias figuras de protección de la Red Natura 2000, imponen ciertas medidas de forma fragmentada y poco efectiva.
«El principal problema es que dentro de esos parches no hay una gestión efectiva, sobre todo, si tenemos en cuenta que muchos animales se mueven fuera de esos recuadros marcados en el mapa», explica Renaud de Stephanis. «Creo que sería clave empezar a gestionar cada una de las presiones que afectan a las poblaciones de estas especies con cierta flexibilidad, lo que nos daría un enfoque más coherente y muchísimo más vendible a todas las partes de la sociedad».
Muchas de las medidas de protección marina establecidas hasta ahora han funcionado; y hay muchos ejemplos de ello. La reserva de las islas Medes, en L’Estartit (Girona), recuperó los ecosistemas y multiplicó el tamaño de las capturas pesqueras en el entorno. Y la reserva marina de Os Miñarzos, en Lira (A Coruña), acabó con la pesca ilegal, impulsando la recuperación de las especies comerciales y multiplicando los ingresos de los pescadores locales en un 150%.
Sin embargo, para ciertas especies, de poco sirve blindar una zona concreta si los corredores por los que se desplazan, como el estrecho de Gibraltar, el mar de Alborán o el oeste del Mediterráneo, están llenos de peligros. La conservación marina ha dejado de mirar solo a proteger un cuadrado en el mapa, para empezar a proteger las redes vitales que nos conectan a todas las especies.
Este reportaje forma parte del proyecto Especial Océanos, coproducido por Climática junto a Ecologistas en Acción como parte del proyecto MED30.
Fuente: https://climatica.coop/seguro-viaje-submarino/ - Imagen de portada: La aleta de un cachalote asoma en las aguas del mar Balear. La población de esta especie mediterránea ha descendido en un 70% en las últimas tres generaciones. Foto: RENAUD DE STEPHANIS/CIRCE.



